¿QUIERES CAMBIAR A LOS DEMÁS?

19 abril, 2016 | 11:50 AM | Imprimir

Comienzo con una anécdota que leí en el libro Talking Manager de Álvaro González-Alorda:

Hace meses tuve la oportunidad de escuchar a Brian Bacon, Fundador de la Oxford Leadership Academy, en un seminario mano a mano con el profesor del IESE Luis Huete. Al concluir la jornada, Brian Bacon contó la siguiente historia:

Hace unos años, participé en un congreso en San Francisco. Yo era un conferenciante de segunda en un gran evento en el que hablaban personajes gigantes como Peter Drucker, Peter Senge o Michael Hammer: el Who’s Who del liderazgo y del cambio en las organizaciones. De hecho, yo estaba más bien en la categoría Who’s He?…

La conferencia se celebraba en torno al 50 aniversario de las Naciones Unidas. Durante dos días, los conferenciantes habían hecho un despliegue de sabiduría científica sobre cómo liderar organizaciones. Se habló desde la reingeniería de los recursos humanos hasta el cambio de las estructuras, pasando por las mejores claves de liderazgo. Los asistentes habían pagado 5.000 dólares por pasar dos días allí, escuchando a grandes figuras.

Al final de estos congresos, los organizadores suelen distribuir un cuestionario para evaluar a los conferenciantes y el impacto de sus mensajes. Para sorpresa de todos, la madre Teresa de Calcuta —a quien lograron convencer para que participase en el evento— quedó la primera en el ranking, y lejos del segundo. Curiosamente, ella no formaba parte del panel de conferenciantes, sino que había sido invitada a dar un pequeño mensaje al final. De hecho, no habló más de treinta segundos. Subió al estrado, se quedó un momento en silencio y, con una voz muy suave, dijo:

—Así que queréis cambiar a la gente. Pero ¿conocéis a vuestra gente? ¿Y les queréis? Porque si no conocéis a las personas, no habrá comprensión, y si no hay comprensión, no habrá confianza, y si no hay confianza, no habrá cambio.

»¿Y queréis a vuestra gente? Porque si no hay amor en lo que hacéis, no habrá pasión, y si no hay pasión, no estaréis preparados para asumir riesgos, y si no estáis preparados para asumir riesgos, nada cambiará.

»Así que, si queréis que vuestra gente cambie, pensad: ¿conozco a mi gente?, ¿y quiero a mi gente?

Recuerdo una ocasión en la que un amigo asistió a una conferencia internacional sobre la familia. Habían participado varios conferencistas de prestigio. Al regresar, le pregunté cuál había sido la lección más importante que había aprendido. Sin dudarlo me dijo lo siguiente: “La lección más valiosa que aprendí es que no puedo cambiar a mi esposa”. Esta respuesta me dejó sorprendido y en diversas ocasiones vuelvo a ella para reflexionar.

No podemos cambiar a los demás. En todo caso, lo más que podemos hacer es esforzarnos por dar ejemplo de coherencia personal. Cuántas veces gastamos muchas energías en DECIR a los demás lo que según nosotros deberían hacer. Para ayudar a los demás hemos de comenzar por nosotros mismos.

Solamente el esfuerzo de coherencia personal es capaz de brindar el ejemplo atractivo que arrastra. Para mover a otra persona a ser mejor, antes de hablar hemos de concretar nuestro esfuerzo por brindar un ejemplo atractivo que MUESTRE cómo hacer las cosas. Nada puede sustituir este esfuerzo personal por ser mejor persona. Para ayudar a un hijo a ser más ordenado, por ejemplo, es mucho más valioso el esfuerzo silencioso de los padres por vivir esta virtud de manera ejemplar. Pero no de modo que sea como un reproche sino movido por el cariño sincero.

El esfuerzo por conocer y querer a los demás que menciona la Madre Teresa no se improvisa. Nace del amor sincero que se procura tenerles. Cuando se quiere a alguien, resulta natural pensar con frecuencia en él. Este conocimiento lleva a ver a esa persona con otros ojos. Comenzamos a interesarnos de forma espontánea en sus cosas, vemos más sus cualidades que sus defectos y crece como una pequeña planta el auténtico amor. A su vez, el cariño hace que le comprendamos con más facilidad. El auténtico interés hace que conozcamos con mayor profundidad a las personas.

En cualquier labor de formación la aspereza de carácter, los modales bruscos, los gestos destemplados, no sirven. Aunque sea con la intención de ayudar. La exigencia cruda y descarnada, aunque esté llena de argumentos correctos, solamente añade más dificultades.

El auténtico amor nos llevará a aceptar a todos como son, como Dios los hizo, con muchas cualidades y algunos defectos. Nos volveremos instrumentos aptos para ayudar a otros cuando nos esforcemos por vencer nuestro egoísmo. El único obstáculo de importancia en esta tarea. Solamente así seremos esa fuente de inspiración y de coherencia que necesitan los demás para encontrar su propio camino que les conduzca a ser mejores personas.

Juan Carlos Oyuela

Opinión Ética y Sociedad ( Juan Carlos Oyuela )

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