La huella de la familia

25 abril, 2016 | 9:34 AM | Imprimir

El veinticuatro de febrero tuve la fortuna de asistir a la lección inaugural del Centro Universitario Guaymura. Dictó la conferencia el Abogado Benigno Blanco, vicepresidente del Foro de la Familia de España.

Por su extraordinaria importancia, reproduzco el texto transcrito de la disertación del Abogado Blanco.

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LECCIÓN INAUGURAL DEL CICLO ACADÉMICO 2016

CENTRO UNIVERSITARIO GUAYMURA

“LA HUELLA DE LA FAMILIA” CONFERENCIA DICTADA POR BENIGNO BLANCO RODRÍGUEZ

Hemos puesto como título de mi intervención “La Huella de la Familia”, pero yo personalmente tengo otro título puesto que es “La Historia de la Responsabilidad desde Sócrates a Frodo Bolsón”. Yo les hablaré de Sócrates y de Frodo Bolsón, pero vamos a empezar con la familia para presentar el tema.

Observando la historia de la humanidad se ve una de las poquísimas constantes que tiene carácter universal en el espacio y tiempo establecidos; no conocemos una sociedad sin familia. Siempre el núcleo conceptual y esencial de lo que entendemos todos por familia; chico, chica, niño, potencial niño al menos, ha estado presente en toda sociedades, porque si no, no hubiesen existido esas sociedades. Por tanto se puede afirmar, tanto desde el punto de vista de la realidad histórica como desde punto de vista de la especulación antropológica, que el ser humano es un ser familiar, no existe el ser humano solitario; Robinson Crusoe no existe, es un personaje de ficción. Todos somos seres familiares, todos tenemos papá y mamá, todos vivimos en familia. La mayoría intentamos construir una familia, unos lo consiguen y otros fracasan. Todos tenemos relaciones familiares; padres, abuelos, hijos, primos, tíos, etc. La familia es –repito– universal, omnipresente en el tiempo y espacio, y en la vida de las personas. Además es algo muy valioso, porque en toda la familia; con todas las lagunas y defectos de lo humano, a veces fracasamos en lo que intentamos, no somos capaces de ser leales a nuestros ideales, nos equivocamos en nuestras opciones, somos infieles a nuestros compromisos; pero con todo eso que es fruto de la libertad humana, la familia es fuente de humanidad, es fuente de calidad de vida, y además sin familia no se entienden las sociedades. La familia aporta a la sociedad dos cosas que solo ella puede aportar que son la creación del dicho ecológico de la vida y la creación de una urdimbre de relaciones de solidaridad interpersonal que permiten humanizar una sociedad.

Sin familia no existiría futuro porque no habría vida, sin familia no habría solidaridad porque nadie se ocuparía de otros por la mera razón de que se les quiere. Ninguna institución pública, ninguna red administrativa, puede sustituir a la familia ni en esa función de la vida ni con la misma eficacia en esa función de crear ambientes que acogen, sitios a los que se puede ir siempre porque alguien te quiere, te va a cuidar siempre que lo necesitas. Por eso todas las sociedades razonables valoran a la familia y por eso toda la gente razonable valora a la familia, incluso los que fracasan al hacerla porque saben que han fracaso al intentar una cosa estupenda.

Por eso es muy bueno refrescar ideas para darse cuenta qué factores facilitan hacer familia y qué factores dificultan hacer familia, porque un diagnóstico preciso de las ventajas y desventajas del entorno en que nos movemos para hacer familia siempre nos ayuda a identificar mejor los problemas y en consecuencia tener más claras las soluciones a esos problemas.

Vamos a hablar un poco de Sócrates para empezar. La civilización occidental, en la que vivimos nosotros, es una civilización humanista. La única humanista en la historia de la humanidad. Tenemos la suerte de ser hijos de un mundo cultural en el cual hemos descubierto la dignidad humana. Nos hemos enamorado de los derechos humanos, hemos sido capaces de construir un entramado institucional –lo que llamamos el estado de derecho– para defender la libertad. Hemos sido capaces de erradicar las mayores lacras anti-humanistas de la humanidad. Hemos suprimido la esclavitud, hemos suprimido la tortura como método procesal ante los tribunales. Hemos incluso acotado con criterios éticos los poderes más absolutos del estado como la pena de muerte o el poder hacer la guerra. Hemos sido capaces de descubrir e intentar configurar la vida social alrededor del principio de la radical igualdad entre hombres y mujeres, conquistas profundamente humanistas; hemos sido capaces de enamorarnos de la familia y de construir durante siglos toda una teoría jurídica para protegerla, para mimarla, para crear unas condiciones de amparo a la vida familiar. Todo esto es positivo y muy bueno. Pero sin embargo, si miramos objetivamente en nuestra época, vemos que esto que acabo de decir ha sido verdad durante siglos en la historia de nuestra cultura ha empezado a no ser verdad. Hay un momento histórico en el cual –no se sabe cuándo y por qué- hemos empezado a dudar y a desconfiar de los principios que han permitido configurar esta tradición cultural-humanista. ¿Cuáles son esos principios? Lo que llamamos occidente es un gran río que se nutre de los caudales que proceden de tres fuentes, una está en Atenas, otra en Roma y otra en Jerusalén.

De Atenas, para esta civilización occidental, hemos heredado algo muy importante que es la confianza en la razón. En el siglo V a.C. en Atenas los hombres de aquella época vivieron lo que podríamos llamar el primer choque de una civilización con el pluralismo cultural e ideológico que tenemos históricamente documentado. Los atenienses de la época –les recuerdo las guerras de Alejandro Magno de conquista, las relaciones mercantiles por todo el mar Mediterráneo que era el mundo de la época– viajaron y conocieron todas las civilizaciones; Persia, Egipto, Hispania, Italia –donde no había ni romanos, todavía eran los etruscos los que controlaban la península–. De esa manera llegamos a civilizaciones distintas que configuraban su estructura social y su visión del mundo de formas distintas. Cuando aquellos militares atenienses y aquellos comerciantes del Ática volvían a Atenas hacían lo que hacemos cuando volvemos a nuestro pueblo después de viajar por el mundo; contar lo que hemos visto (yo cuando me devuelva a Madrid contaré lo que he visto en Honduras). Así los atenienses empezaron a ser conscientes que junto a sus dioses, en otros pueblos había otros dioses distintos, y que junto a la constitución política de Atenas, la forma de realizar el poder, en otros pueblos había otras instituciones, otras formas de constituir el poder, y que junto a la concepción del ser humano de los atenienses en otros pueblos había otra distinta.

Así fueron conscientes del pluralismo. Que hay distintas nociones de dios, del bien, la justicia, del poder, de lo humano; y ante la constatación del pluralismo de ideas y de costumbres hubo dos formas de reaccionar, que son las que se están dando hoy día en nuestro mundo tan profundamente pluralista. La primera forma de reaccionar ha sido históricamente infecunda, no ha servido para nada, y es la de aquellos personajes, que por los libros de Platón identificamos como sofistas, que vinieron a decir: ante esta pluralidad de dioses, leyes, costumbres no hay manera de aclararse, y por lo tanto, que cada uno viva lo mejor que pueda y punto. La vida se agota en satisfacción personal. La otra forma de reaccionar fundó toda una civilización y podemos personalizar en la figura de Sócrates. Sócrates es un individuo de aquella época que vino a decir: ante esta pluralidad de dioses, leyes, costumbres, concepciones del bien y del mal, yo por ser racional y humano no puedo quedarme indiferente. Necesito saber qué es verdad y qué es mentira. Para aclararse Sócrates, no se encerró en una biblioteca a hacer un esfuerzo solitario de estudiar libros para aclararse, sino que hizo algo mucho más útil, algo que es un ejemplo para nosotros hoy día. Sócrates salió a las calles de Atenas y se puso a hablar con todo el mundo. Recorría los mercados y hablaba con la gente que se encontraba; de Dios, del poder, de la justicia, del bien, del mal, de la mujer, de las virtudes, del amor y se iba con sus amigos a comer al puerto de Atenas y después se quedaban de tertulia largas horas hablando por ejemplo del amor –ese es uno de los diálogos de Platón–. Esas conversaciones de Sócrates nos demuestran dos cosas:

La primera, el ser humano puede aclararse. Podemos tener criterio sobre las cosas, saber qué es verdad y qué es mentira, qué es bueno y que es malo, que es conveniente y que es inconveniente. Además ese aclararse no es solitario, no es individual. Nos aclaramos con los demás hablando, dialogando, porque hay una verdad a la que podemos acceder todos; la verdad no es una cosa mía y otra tuya, sino que tú y yo hablando, contrastando, aportando datos y experiencias podemos llegar a la única verdad que existe. Y en esos diálogos, tradición filosófica escrita por Platón, vemos como Sócrates, hablando con la gente que le escucha, burlándose de ellos, iba por una parte depurando sus propios criterios. Respondiendo las quejas que le ponían ayudaba a los otros a aclararse, demostrándoles muchas veces lo ridículo de lo que pensaban. Es decir, nos podemos fiar de la razón y la forma de acceder a la verdad es con los demás, porque la verdad es objetiva y podemos llegar a ella todos juntos.

Esa confianza en la razón; confianza en que el ser humando razonando se puede aclarar, que puede tener criterio; es el fundamento de occidente. Por eso en occidente ha surgido la ciencia, porque para hacer ciencia hay que estar convencidos de que el mundo es razonable, que lo podemos conocer con certeza. Por eso desde el primer momento del esfuerzo intelectual de Sócrates surgen las primeras grandes construcciones éticas; la ética de Aristóteles.

Cuando esa filosofía griega, esa confianza en la razón fecunda la civilización romana, aparece otra gran novedad en este mundo occidental. Roma ha sido probablemente el pueblo más violento que ha conocido la historia de la humanidad. Las legiones romanas han sido la máquina de matar más perfecta. Donde pasaban las legiones romanas no quedaba ni la hierba. Era un pueblo violento y por eso tuvieron la gallardía de reflexionar sobre cómo controlar su propia violencia siendo conscientes de ello. Por eso lo principal que hemos heredado de Roma es: reglas y reflexiones sobre como intentar ser justos y no violentos en derecho, ese derecho que seguimos estudiando en todas las facultades de derecho de todo el mundo occidental.

Quizá la intuición más fecunda del derecho romano es la que dimana de la confianza griega en la razón. De este esfuerzo por la justicia de los romanos, que es aquella definición de justicia que nos dejó escrita el juez consultor romano Ulpiano. Ulpiano escribió: “Justicia es dar a cada uno lo suyo”. Esta afirmación puede parecer una banalidad, pero no lo es, porque oculta una intuición muy profunda y muy fecunda. Si justicia es dar a cada uno lo suyo, quiere decir que hay un sitio de cada cual que es de él antes que yo se lo reconozca. Es más, quiere decir que la barra de medir la injusticia es el respeto a lo bueno existente en los demás. Yo soy justo si reconozco lo que hay de bueno en los otros, lo suyo de cada cual y lo respeto. La barra de medir justicia no es mi satisfacción personal con lo que hago, no es la satisfacción subjetiva con mi conducta, no es si me siento bien haciendo una cosa o no. Es si respeto lo bueno existente, si trato lo bueno como bueno y lo malo como malo, porque yo –influencia griega– puedo conocer qué cosas son buenas y que cosas son malas. Hay una barra objetiva de medir justicia que es lo justo natural, lo bueno que ya existe.

Por qué el embrión humano, por ejemplo, tiene derecho a la vida, porque estamos vivos, y como ya estamos vivos, si los demás (las leyes, los gobiernos, los médicos, las madres) respetan eso bueno que ya existe –la vida– los demás (las leyes, los gobiernos…) serán buenos, y si no lo respetan, el embrión y yo seguimos teniendo nuestra vida porque estamos vivos y el problema es que estarán actuando injustamente. Por qué yo tengo derecho a la libertad de expresión, porque soy un ser racional capaz de hablar como les estoy demostrando a ustedes, y si los demás respetan eso que yo ya tengo –la capacidad para expresarme– los demás serán justos, y si no lo respetan serán injustos y yo sigo teniendo derecho a la libertad de expresión, es decir, el derecho es algo objetivo, porque hay una verdad de las cosas que podemos conocer, el bien y el mal depende de si tratamos bien lo bueno existente y si tratamos mal lo malo existente; y como todos somos racionales, podemos conocer con certeza y compartir dialogando como nos enseñó Sócrates, qué cosas son buenas, qué cosas son malas, cuáles merecen la pena y cuáles no merecen la pena, cuáles nos hacen bueno si las hacemos y cuáles nos hacen objetivamente malos si dejamos de hacer.

Y la tercera fuente que aporta recursos hidráulicos a este gran río de la cultura occidental está ubicada en Jerusalén. Sócrates se fío de la razón, pero no sabía por qué debía fiarse de la razón. La razón de por qué podemos fiarnos de la razón nos la aportó el cristianismo. Podemos fiarnos de la razón porque el mundo es razonable, porque es fruto del acto de un Señor muy inteligente que lo ha pensado muy bien –Dios–, y por eso no es casualidad que sea razonable, y que nosotros como seres razonables podamos conocerlo, y en consecuencia, con certeza. Y también el cristianismo aportó la razón de fondo de por qué hay algo justo natural, por qué hay cosas buenas, como intuyeron los romanos. Hay cosas buenas porque el mundo ha sido querido al ser creado, hay un amor y un origen de todas las cosas. Esta impronta cristiana que se implanta sobre la situación grecorromana supone una fuerza expansiva, una situación humanista impresionante.

A partir de ahí se desarrolla nuestra civilización que es hija de la intuición romana sobre los justo natural, de la confianza griega en la razón y esa visión de un Dios creador que le da sentido a todo lo que existente que aportó el cristianismo.

¿Qué nos sucede hoy día? Que más o menos desde el siglo XIV, no se sabe por qué y de forma estúpida, algunos de los intelectuales que conformaron la cultura occidental empezaron a no creerse todo esto que le he contado. Comenzaron a desconfiar de la razón, y no se sabe por qué, nunca logré entenderlo. Empezaron a pensar que a lo mejor con la razón nos equivocamos. Pensaron en cómo estamos seguros que lo que vemos lo vemos, que lo que oímos es un sonido que existe; y esa desconfianza en la razón es la impronta última que marca toda la filosofía contemporánea.

Descartes nos hizo dudar de que con la razón pudiésemos conocer con certeza la realidad de las cosas. Kant nos convenció de que con la razón no podemos conocer la realidad de las cosas y desde entonces todo el pensamiento contemporáneo es una deriva irracional, una desconfianza profunda en la razón humana, aunque se haga en nombre de la razón. Pero ya no es la razón de Sócrates; la razón socrática es una razón que sale fuera de sí misma para mirar con admiración y cariño lo existente para intentar conocerlo. La razón cartesiana y kantiana es una razón que se encierra en sí misma para intentar aclararse, y así se cae en el subjetivismo: yo me aclararé de una manera, tú de otra y no es compartible nuestro aclararnos. Así toda una civilización se va hundiendo poco a poco en el subjetivismo, en el relativismo, en mundos subjetivos incomunicables, vamos perdiendo el compartir la visión de las cosas, ya no amamos ni entendemos lo mismo. Y así poco a poco se van creando los principios de “satirización” humanista que habíamos construido.

Como era fuerte, resistente y milenaria no se ha derrumbado del todo, y hoy estamos en una situación en la que vivimos relativamente bien, con lo general de todo el mundo en clave humanista porque todavía sigue muy vigente lo que construyeron siglos atrás los que sí que entendían por qué hay que respetar al ser humano. Pero como ya hemos perdimos las claves intelectuales y morales que permitieron construir esta civilización, es muy endeble lo que tenemos y cuando va quebrando, no sabemos cómo repararlo, y cuando se pierde con visiones de por qué son las cosas, desaparecen las razones para respetarlas.

Eso es lo que está pasando en nuestro mundo. Por ejemplo, en materia de defensa de la vida; proclamamos el derecho a la vida en las declaraciones universales de derechos humanos, en el principio de nuestras constituciones y luego legalizamos el aborto, la experimentación con embriones, la eutanasia y lo que toque. O con la familia; proclamamos la bondad de la familia y la confundimos con otras cosas como las uniones de personas del mismo sexo, porque ya no sabemos de lo que estamos hablando, ya no decimos matrimonio y familia.

Esta es la situación de nuestra época, una situación de cambio y de crisis profunda cultural, el problema de nuestra época es un problema cultural en el que gran parte de nuestros contemporáneos ya no tienen su cabecita arraigada intelectualmente en las raíces mejores de la civilización humanista que nos ha precedido. Hemos dejado de creer en la razón y hemos perdido en consecuencia la noción de lo justo natural.

En la vieja tradición romana para saber si una ley era justa contrastábamos lo que decía la ley con lo bueno existente, si la ley respetaba lo bueno existente era una ley justa, si no lo respetaba era injusta y había que cambiarla. Ahora como hemos abdicado de la razón, no sabemos qué es lo justo bueno existente y ya no tenemos con qué contrastar las leyes, y por eso nos acostumbramos a leyes injustas porque no hay manera de juzgarlas.

El positivismo jurídico, el relativismo moral, la irracionalidad filosófica lleva al positivismo, y el positivismo es el reino, no de la razón, sino de la voluntad, y eso es peligrosísimo porque puede generar totalitarismo. Clive Staples Lewis, conocido por Las Crónicas de Narnia, pero sobre todo por sus excelentes análisis sobre la crisis de la cultura contemporánea, en uno de sus estupendos libros, La Abolición del Hombre, escribió: “Cuando todos se ríen de quien dice es cierto, ya solo queda quien dice yo quiero”. Cuando perdemos la fe en la razón, que podemos afirmar que hay cosas buenas y malas, solo queda la voluntad subjetiva, la del poder (totalitarismo) o la mía (arbitrariedad). Ese es el estado moral de nuestra época. –Repito– una época que gracias a Dios todavía siguen vigentes grandes construcciones humanistas del pasado, pero cada vez más endebles porque no entendemos que compartimos los mismos principios en que se fundan. Ese es el problema de la familia hoy en día. La inmensa mayoría de las personas vivían en familia en todo el mundo; en España, en la vieja Europa, en toda Latinoamérica, en Centroamérica, aquí era lo mismo. En África viven en familia, la inmensa mayoría, y con toda naturalidad, porque los seres humanos somos seres familiares como dijimos al principio, pero muchos de ellos ya no entienden qué es una familia. Cuando los seres humanos no entendemos algo no sabemos cómo administrarlo. Cuando nos faltan las reglas para entender qué tenemos entre manos es más fácil que lo estropeemos, y por lo tanto hoy día estropeamos la familia. Chicos y chicas se casan profundamente enamorados y con la misma ilusión de siempre, y luego no saben administrar la vida en común. Los adolescentes que se asoman a los umbrales del despertar sexual y afectivo, y no entienden su sexualidad, no se aclaran, juegan con ella y la banalizan, la trivializan, y banalizan el cuerpo de los demás y juegan con él. Y claro, cuando se casan no saben de qué va esto de la dimensión sexual cooperativa que es el matrimonio.

Así el mundo se está volviendo cada vez menos razonable y se genera desesperanza, falta de sentido y tristeza. Es lo que vemos en el mundo que estamos. Los que vivimos hoy día estamos como divididos –esto es una simplificación pero no una falsedad– por un muro invisible en dos grupos:

En un lado estamos aquellos –yo me incluyo, y si ustedes no lo están pásense a este grupo porque merece la pena– que tenemos la suerte de saber que en el origen de todo está la razón y que por lo tanto el mundo es razonable. Consiste en algo y que nosotros por ser racionales podemos conocer con certeza eso en lo que consiste todo lo que existe: podemos conocer con certeza, por ejemplo, qué es un ser humano, en qué consiste ser un ser humano, podemos tener criterio. Saber con certeza que cosas son objetivamente buenas para ser un buen ser humano y qué cosas son objetivamente malas para intentar ser un buen ser humano. Cuando tenemos criterio sobre qué hacer con nuestra vida, con la vida de los demás y con la organización de la sociedad, a lo mejor somos poco coherentes y poco leales, pero sabemos de qué va esto de ser un buen ser humano.

Por otro lado, están aquellos que no saben que en el origen de todo está la razón, y creen en consecuencia que el mundo no es razonable, que es caótico porque en el origen del mundo está el caos, el azar, y esos cuando miran al ser humano no ven nada, porque en su mundo nada tiene sentido. Ven un trozo de carbono evolucionado según las reglas de la bioquímica y punto. En un trozo de carbono no hay ninguna razón para el sentido, ni para la esperanza, ni para nada obviamente.

De instalarse en la vida de una manera o de otra se puede entender la maravilla del matrimonio, la familia, de las razones de la esperanza, del sentido de la vida, el valor de la sexualidad o no entender nada; este es el problema de nuestra época.

El papa Francisco en la Evangelii Gaudium nos dice con toda claridad: “El problema de la familia hoy día es un problema cultural”. No es que tengamos más hormonas y las controlemos menos que las generaciones anteriores; tenemos las mismas. El problema es de ideas, de aclararse, de saber de qué estamos hablando.

Por eso la batalla en defensa de la familia es una batalla de formación, cultural, de recuperación de fe en la razón, con Sócrates, de mirar sin recelo la bondad de lo existente, de generar una mirada cariñosa hacia todo lo que existe porque es bueno, de entender que hay razones para la esperanza, que no hay que tener miedo al compromiso, al amor, a la vida, que la vida humana tiene un sentido, que nosotros podemos ser buenos aunque nos tiente todo lo malo del mundo, que somos libres.

Que importante es amar la libertad, porque el que sabe que es libre no se asusta de sus errores porque sabe que puede rectificar. Precisamente porque somos libre no somos nuestras meteduras de pata. Si metemos la pata la podemos sacar –es una expresión poco académica pero se entiende ¿verdad?– Podemos sacar la pata si la metemos, no somos nuestros errores, ¡que esperanzador es eso!, saber que cometamos los errores que cometamos, podemos pedir perdón, volver a empezar y volver a ser excelentes. Que aunque llevemos mucho tiempo cometiendo muchos errores, somos potencialmente una maravilla. Así es como los padres debemos ver a nuestros hijos, nuestros hijos no son sus errores, son una maravilla y si tú lo ves cómo sus errores, eres injusto o injusta con él. Tu hijo no es perezoso, aunque te haya dado pruebas evidentes todos los días de su vida. Es lo contrario porque puede cambiar y tú no puedes verlo como esas pruebas evidentes, sino como un sujeto que puede cambiar y que merece que se le ayude a cambiar. Y así en todo, porque en este mundo de lo razonable hay sentido y hay esperanza, hay razones para la ilusión y para la alegría, no hay digna razón para desesperar de nada ni de nadie.

Aquí es donde entra en juego Frodo Bolsón. Espero que hayan leído El Señor de los Anillos o al menos hayan visto las películas y les suene la historia, sino léanselo que merece la pena. El Señor de los Anillos es una novela muy singular, es la única novela que yo conozco –y me he leído decenas de miles de novelas porque me encanta la literatura– en la que no hay absolutamente ninguna referencia a Dios ni a lo religioso, Dios no es citado jamás, no hay ninguna referencia, ningún personaje hace un acto de culto nunca. En cualquier novela, por salvaje que sea el mundo que describe, siempre se hace un acto de culto antes de la guerra o se quema una barca en honor del dios, o unas cosas de esas, sin embargo, Dios está presente en todas y cada una de las páginas del Señor de los Anillos, porque El Señor de los Anillos es la historia de la providencia divina, es la historia de la lucha entre el bien y el mal.

Voy a recordarles una de las escenas del Señor de los Anillos. El personaje del Señor de los Anillos es Frodo Bolsón, un personaje tan importante como Sócrates, porque Frodo Bolsón recibe la misión de salvar el mundo, va a convertirse en el portador del anillo que debe destruir para que se salve y mundo y no gane el mal. Pero claro, ¿Frodo Bolsón quién es? El tipo más inepto que uno se puede imaginar para hacer tal cosa. En un mundo de grandes héroes, magos, elfos poderosísimos, él es un hobbit, de pies peludos, pequeñito y de la comarca, que le gusta comer, fumar en pipa y punto. Y a él le toca salvar al mundo, ¿y cómo reacciona ante ese encargo de salvar el mundo Frodo Bolsón? Inicialmente reacciona como cualquiera reaccionaria diciendo: “Yo no, tú Gandalf que para eso sabes mucho o tú Aragorn que eres un gran guerrero”. Y todos le dicen: “Frodo a ti te ha tocado”. Y Frodo, como le ha tocado, asume su misión. Sabe que no puede conseguirla, que es un inepto, que no tiene las habilidades necesarias, pero como a él le corresponde, asume su destino. Por eso Frodo Bolsón es admirable porque no huye de su misión en la vida, aunque sepa que no vale para eso. Y gracias a que asume su misión, aunque no valga para ella, la historia al final acabará bien. Y todos somos Frodo Bolsón, todos tenemos una misión en la vida y ya sé que no valemos para ella pero da los mismo, hay que cumplirla.

¿Cuál es tu misión? Tu marido, tus hijos, tu país, tu mundo, no lo sé, la irás encontrando. Se trata de que estés disponible al asumir las responsabilidades. Que tu misión vaya por delante. Yo no sé cuáles son ni tú lo podrás saber ahora, como Frodo te acordarás de repente que tienes que cargar con el añillos del poder y no vale la disculpa de que yo no valgo, eso ya se sabe. Por lo tanto yo les animo a ser como Frodo Bolsón: Frodo Bolsón asume su misión. Va avanzando la historia y cuando ya está a la puertas del Mordor –que es donde habita el mal y donde tiene que destruir el anillo del poder– está absolutamente asustado como es lógico. Ya se ha roto la compañía, todos sus amigos han desaparecido y están solos él y su amigo Sam, y la noche antes de entrar a Mordor, absolutamente acojonados, se entabla la siguiente conversación entre Frodo y Sam:

Sam le dice a Frodo:

– Señor, ¿las grandes historias no acaban nunca? –que es como preguntar ¿Acabará ya de una vez? Y Frodo le contesta:

–No Sam, las grandes historias no acaba nunca. Los personajes entramos en ellas, hacemos nuestro papel, salimos y la historia continua.

Esto es nuestra vida, tenemos un papel en la historia y hay que hacerlo. Conocemos poco de los capítulos anteriores, no conocemos nada de los capítulos siguientes, pero tenemos un papel y si nosotros hacemos nuestro papel la historia acabará bien.

Que importantes somos todos, aunque seamos una pequeña porquería humana, que importantes somos porque tenemos un papel en una historia maravillosa, que es la historia del hombre. Tenemos una inmensa responsabilidad, aunque seamos unos “Don Nadie”, aunque no tengamos ningún poder, radica en cumplir con nuestro papel; pequeñito, grande, discreto o público, da lo mismo, el nuestro. Si cada uno cumpliésemos nuestro papel, si fuésemos leales a las pequeñas fidelidades de nuestros compromisos, si fuésemos leales a nuestros amores, si rectificáramos cuando no lo somos, haremos una aportación esencial a esta gran historia a la que estamos metidos, porque es una historia estupenda y nosotros tenemos un papel, esa es la gran dignidad humana; que sean cuales sean las características de nuestra vida, de nuestra formación, nuestras dificultades, la situación económica, tenemos un papel muy importante en esta historia, y si no lo cumplimos al final se arreglará pero la estropeamos un poco y la complicamos, hay que ser responsables y hay que mirar a los demás como gente muy importante, como gente que tiene un papel, por mucho que tenga muchos defectos y que lo veamos con muchas dificultades, es un personaje importante también en esta novela de la historia, por eso debemos mirar a todo el mundo como esa maravilla que es, tenemos que ver a la gente por detrás de la apariencia de su vida mediocre el inmenso potencial de bien que hay ahí porque si miramos a la gente viendo el inmenso potencial de bien que hay en todos les ayudaremos a ser buenos, que importante es esto en la educación de los hijos. Nuestros hijos no son perfectos –bueno, normalmente son bastante menos que perfectos– no podemos decirles que son sus defectos, porque no lo son, son mucho más valiosos que sus defectos. No podemos desesperar de ellos nunca porque eso es injusto, hay razones para la esperanza.

En esta historia del bien hasta los malos tienen un papel, por eso no podemos desesperar ni de los “malos” (entre comillas porque nadie es malo a secas). Eso sí, se ve muy bien en el final del Señor de los Anillos ¿Recuerdan ustedes como acaba? Frodo llega por fin al Monte del Destino, donde está el fuego en el que tiene que echar el anillo para que se destruya. ¿Y qué hace Frodo en ese momento en el que puede destruir al mal? Traiciona su misión, el gran Frodo traiciona su misión. Durante toda la novela, el anillo ha ido comiéndole su voluntad poco a poco, tentándole de que él se convierta en el malo poniéndose el añillo y al final Frodo cae en la tentación, y en el momento en el que está a punto de destruir el anillos del mal, se lo pone, y se va a convertir en el malo de la película. ¿Y cómo se resuelve bien el problema? Porque de repente aparece un bichejo llamado Golum –que es la criatura más asquerosa de la novela –el tesoro que le intenta arrebatar a Frodo, el anillo, para que no lo destruya, y como Frodo se lo ha puesto en el dedo, Golum le muerde en la pelea para quitarle el anillo y le arranca el dedo junto con el anillo. Y con el dedo de Frodo y el anillo en la boca cae él al fuego. ¿Quién destruye el anillo? No Frodo, Golum, el malo. Por eso no podemos desesperar de nadie, todo el mundo puede tener un papel que desconocemos, de hecho en el primer capítulo del Señor de los Anillos, cuando Gandalf aparece por La Comarca –donde vive Frodo– a celebrar el cumpleaños de Bilbo Bolsón –el tío de Frodo–, hay una conversación entre Gandalf y Frodo muy ilustrativa que solo se valora cuando ha acabado la novela, porque Gandalf y Frodo comentan como Bilbo encontró el anillo del poder, que fue en una cueva –eso se cuenta en El Hobbit, la novela anterior– y se lo arrebató a través de unos acertijos, etc., a Golum, y estuvo a punto de matarle y al final decidió no matar a Golum.

Y hablando de esa historia Frodo le dice a Gandalf:

–Creo que Bilbo debería haber matado a la criatura Golum–Y Gandalf le contesta

–No. ¿Puedes dar la vida? ¿No? Pues no des la muerte– y dice– No sé por qué intuyo que esta criatura tiene que aportar algo en esta historia.

Al final aporta que la historia acabe bien. Por eso no se puede desesperar de nadie, no somos los autores de la novela y no sabemos qué puede aportar cada uno. Esos que nos parecen tan malos, tan irremediables, son libres, pueden mejorar, incluso casi sin querer pueden como Golum pueden hacer algo muy bueno. No hay razón para desesperar de nadie, no hay razón nunca para el pesimismo, porque esta historia tiene sentido.

Sigamos con El Señor de los Anillos, Cuando Frodo está dentro de Mordor y va caminando por el Monte del Destino, sus amigos hace semanas que no sabe nada de él. Le han acompañado una gran parte del camino luego se ha roto la compañía porque les han atacado, etc., y se plantean lo siguiente: no sabemos si Frodo está vivo o muerto, si la misión no se puede cumplir o qué pasa. Pero piensan: por lealtad a Frodo y a la misión, por si estuviese vivo y hubiese una posibilidad de que culminase la misión, tenemos que distraer al malo para que no ataque a Frodo. Y efectivamente, en un momento que el Señor de Mordor empieza a intuir que alguien cerca de él está intentando destruir el anillo y empieza a volverse a buscar qué pasa a dentro de Mordor, los amigos de Gandalf atacan Mordor. Son cuatro gatos contra ejércitos poderosísimos, saben que es un ataque suicida, que no hay posibilidad de ganar, pero lo hacen, por si está vivo Frodo, darle una posibilidad, y gracias a eso acaba bien la historia. Efectivamente, el Señor de Mordor vuelve a concentrar su atención en los atacantes, deja de mirar donde está Frodo y así Frodo puede llegar al monte del destino.

Es decir, los amigos de Frodo –Gandalf, Aragorn– ¿Qué hacen? Hacen algo absolutamente inútil porque es lo único que pueden hacer. Otra gran lección para nosotros: hay que hacer lo que está en nuestras manos aunque parezca inútil, porque a lo mejor como no controlamos todos los parámetros de la historia, como pasa en esta escena del Señor de los Anillos. Gracias a eso inútil que hacen algunos señores la historia acaba bien. Si ellos no hubiesen hecho ese esfuerzo suicida, inútil pero que era lo que estaba en sus manos, Frodo hubiese sido capturado y el anillo no hubiese sido destruido.

Eso también nos pasa en la vida, hay que tener la humildad de saber que no controlamos muchísimos de los parámetros que explica nuestro mundo, que desconocemos gran parte de las razones de las cosas, que no somos conscientes de la capacidad de bien que hay en tanta gente que nos rodea, pero sí hay cosas que podemos hacer. Hagamos esas cosas por favor; no nos perdamos en cálculos matemáticos de los efectos concretos que conseguimos con la cosas que hacemos, no importa nada, haz lo que puedas, haz el bien que esté a tu alcance, asume la parte de responsabilidad que te toca por estar en el sitio y con la personas con que estás, y aunque creas que eso no sirve para nada, a lo mejor y además probablemente servirá para mucho, ya lo veremos.

Hablando de la historia de este mundo el fundador del Opus Dei, San Josemaría, ponía un ejemplo que viene muy a cuento, decía que nosotros somos como personas que miran un tapiz precioso pero por la parte de atrás. Toda la parte de atrás que vemos, nudos, telas que no significan nada, cuentecitas que se entrelazan. Pero visto del otro lado hay una imagen preciosa. Algún día veremos la imagen preciosa, de momento estamos detrás, pero todo eso que vemos y no entendemos tiene un sentido, generan el otro lado de la imagen preciosa.

Todos tenemos una inmensa responsabilidad en la historia del mundo –y repito– como Frodo da lo mismo que no valgamos para nada, tenemos una inmensa responsabilidad. Nuestra vida es algo profundamente valiosa y tenemos que asumir esa responsabilidad, pero la concreta ¡eh!, no se trata de soñar con un día yo seré presidente del gobierno o aquí hay millones y los dedicaré a salvar a los pobres o ¡yo qué sé!, esas cosa no pasan. Tu vida es tus circunstancias de hoy, tu vida es ese marido insoportable, esa mujer encantadora, ese hijo que no hay quien lo aguante, ese adolescente de un carácter ¡ah!, que chilla continuamente, esas son tus circunstancias, y la pobreza o el dinero, el trabajo y el desempleo, los problemas de tu país, no soñemos con paraísos que no existen. Tienes que hacerte cargo de eso, con sus luces y con sus sombras porque es tu responsabilidad.

Y a los más jóvenes les digo –a los universitarios, a los residentes– porque sois más jóvenes tenéis por delante mucha más responsabilidad, os queda mucho más por hacer, tenéis que prepararos para ellos, tenéis que formaros bien, adquirir buenas habilidades, muchos conocimientos, porque así estáis en muchas mejores condiciones de hacer mucho más bien en las circunstancias que os depare la vida, esa es vuestra gran responsabilidad. Y tenéis derecho a que vuestros padres se preocupen de vosotros y vosotros padres tenéis la obligación de preocuparos de vuestros hijos. Papás, la educación de los hijos no es responsabilidad de las mamás, es de los dos, los dos los hicisteis, los dos sois responsables de ellos por igual, los dos tenéis la obligación de dedicarles tiempo, de hablar con ellos, de estar pendientes de sus cosas, de demostrarles que les interesa todo lo que les pasa. Ya sé que la vida es muy complicada, ¿y qué?, es vuestra responsabilidad, de los dos. Papá y mamá deben dedicar tiempo a hablar de sus hijos – ¿Has visto Fulanito? ¿Qué le pasa? ¿Está más triste? ¿Hablas tú con él o hablo yo? Hablo yo primero y luego te lo paso, ah pues sí, si quieres ya lo riño –como buenos estrategas, para eso estamos los dos, para multiplicar la eficacia del equipo y por eso debemos ser los dos los que nos responsabilicemos de esos. Y ser un buen padre de familia no es solo garantizar que entre el dinero a casa, es mucho más importante dedicar tiempo a los hijos ya hay que ganar dinero; cuanto más, mejor, por eso no puede ser el único obstáculo para llevar a casa lo importante. Los seres humanos nos queremos por rozo. El cariño a distancia no existe, tenemos que estar juntos, rozarnos, compartir, discutir, hablar, reír, lo que haga falta para estar juntos, dedicarnos tiempo. El hogar no es un sitio donde llega un señor y una señora y ver juntos la tele, esto no es un bar. Un hogar no es un sitio donde están diversas personas; uno con su Smartphone, otro con su iPhone, otro con la tele y otro colgado de no sé qué, es un sitio donde se habla, donde se comparte y se puede ver la tele y contestar los WhatsApp, vale, pero no solo eso, hay que hablar, hay que generar espacios de convivencia.

La familia exige construir un hogar común, y eso exige dedicarnos tiempo, eso exige perdonarnos, hablar de lo que nos gusta y de lo que no nos gusta, lo que satisface y lo que no satisface para ir limando las diferencias hasta construir un proyecto de vida en que casi ya no hay que hablar porque ya nos entendemos mirándonos, pero eso exige tiempo, inversión.

La vida humana es cronológica, tiene un recurso temporal, se desarrolla en el tiempo y hay que conquistarla en el tiempo con esfuerzo constante, aprendiendo de nuestros errores, confiando esperanza a la mente en el futuro; no importa tanto como tu hijo o tu marido, tu mujer es hoy, no importa cómo va a morir y tú tienes que ayudar a que muera bien. Ser padres es ser un poder de vigilancia en la sombra por amor, es estar siempre disponible para ayudar cuando haga falta. Cuando mi madre estaba a punto de morir le pregunte qué hacía, y llevaba semanas en cama de hospital con muchos dolores. Somos 7 hermanos y estaba inmovilizada absolutamente y decía “rezo, rezo por vosotros” y empezó a recitar el nombre de los siete hermanos. Eso es una madre, incluso si no puedes hacer otra cosa, puedes rezar que vale para todos, y eso debe hacer un padre. Esa es la maravilla de la familia, ya sé que a veces fracasaremos y fracasaremos unos con otros, esa es la vida humana, no pasa nada, pero hay que intentarlo porque merece la pena, porque –repito– hay razones profundas para la esperanza, no hay ninguna razón para desesperar, este es un mundo maravilloso y hay un Dios providente que nos quiere con locura, que se encarga de que las cosas salgan bien a pesar de lo estúpidos que podemos ser nosotros.

Tenemos que sentirnos responsables de este mundo porque para eso estamos aquí, y repito, nuestro mundo, nuestra misión es tu marido, tu mujer, tus hijos, tu país, la gente que sufre a tu alrededor, los valientes, los necesitados o a los que puedes llegar, no los imperios de la Luna, no existen; la realidad concreta.

¿Cuánto podrían hacer todos ustedes por mejorar la sociedad de Honduras? ¿Me permiten que les sugiera algunas formas concretas de mejorar esta sociedad? Todo lo que está al alcance de todos nosotros es poner al servicio, es mejorar el mundo que nos rodea, el poder más grande que tenemos los seres humanos que es el poder de hablar, un poder más importante que ser presidente de gobierno o dueño de una televisión, porque cada vez que hablamos los seres humanos entramos en el interior de la cabeza y el corazón de quien nos escucha, y entramos con capacidad de transformar lo que hay en esa cabeza, en ese corazón, de formatear decía un informático. Yo ese poder lo estoy usándolo con ustedes, estoy hablando y mirando, me meto dentro de usted e intento reconstruir dentro de ustedes los sentimientos, las ilusiones que creo que merecen la pena. Y ese mismo poder que tengo yo con ustedes lo tienen ustedes con toda la gente con la que hablan todos los días que seguro que es mucha.

¿Cómo podemos usar bien este poder de hablar? Hablando bien de las cosas buenas, este es el lema de la asociación en que resido en España: El Foro de la Familia; hablando bien de las cosas buenas, y digo bien de las buenas y no de las malas. Hablar mal de las cosas malas, quejarse no sirve para nada, lo que sirve es hablar bien de las cosas buenas porque lo bueno es muy ilusionante, muy atractivo, más atractivo que lo malo; lo malo puede ser más seductor en el regate a corto plazo, pero lo bueno es mucho más atractivo.

Yo a veces he hecho el experimento por las calles de Madrid de cuando veo a una mujer con un niño pequeñito en brazos caminar detrás de ella y ves que toda la gente al verlo sonríe, salvo el típico tonto que va con el iPhone así (*imita la postura para ver el celular*), ese no se entera de nada ¿Por qué? Porque ver una vida es una maravilla, es imposible no sonreír, lo bueno es muy atractivo, en cambio, ver a dos sosos besándose en una cena no sonríe, porque eso no es atractivo, lo bueno es muy atractivo, por eso tenemos que hablar mucho de lo bueno; hablar bien de la lealtad, la sexualidad responsable, de amor, del matrimonio, de la familia, de la vida, de la libertad, de esas cosas que gran parte de nuestros contemporáneos no entienden, de esas tenemos que hablar.

Si todos hablásemos bien de las cosas buenas a nuestro alrededor iríamos creando círculos concéntricos de mejora de la gente que nos rodea, generaríamos ilusión por bien que es de lo que se trata; hablar bien de las cosas buenas. Y para ser eficaz en esa labor de hablar bien de las cosas buenas hay un requisito imprescindible que es formarse, tener criterio, porque hoy día los argumentos de la autoridad no sirven, no se puede decir que “esto es así porque lo digo yo” y con un niño de cuatro años, os lo dice el papa: “hay que da una razón razonada de nuestras condiciones”, hay que ser capaz de explicar de forma razonada y atractiva las cosas que proponemos, las formas de vida que sugerimos, la identificación de lo bueno y valioso que proponemos y para ser capaces de dar una razón razonada de nuestras condiciones antes tuvo que haber tiempo para razonarlas, eso es formarse, a pensar, a ilustrarnos.

Sólo hay dos formas de formarse, que es dedicar un poco de tiempo a los que saben más que nosotros sobre un tema o dedicar un poco de tiempo a escuchar lo que dicen los que saben más que nosotros de un tema, leer o escuchar.

Tenemos que dedicar tiempo a formarnos, porque si no, no estaremos en condiciones óptimas para asumir la responsabilidad que implica vivir en sociedad y ya no podríamos hacer todo el bien de que seríamos capaces.

¿Y sobre qué cosas deberíamos formarnos? Sobre la que no entienden nuestros contemporáneos. Hoy día seré experto en argumentos contra la esclavitud, está muy bien como cultura pero no es –gracias a Dios– el problema de nuestra época. Hoy día hay que ser un experto en sexualidad –que es lo que mucha gente ya no entiende lo que es–, hay que ser un experto en familia, en libertad, en bioética, en matrimonio, en las cosas que no entienden gran parte de nuestros contemporáneos y que les lleva a despistarse toda una vida.

Por lo tanto yo les animaría a formarse, y luego a hablar sin pudor, porque tener pudor y miedo de hablar a la gente de algo que es muy bueno para todo el mundo; luego unos te escucharán, otros no, unos te entenderán y otros no, algunos pensarán que eres un (…) fundamentalista, pero eso es para él, pero tú ofrece el bien por todos lados, es como tirar piedras a un lago, queremos ondas, a dónde llegan nos da los mismo, a algún sitio, queremos ondas, movimiento, dinámica, procesos –esa era otra expresión del papa Francisco–, tenemos que crear procesos históricos; dinámicas cuyas consecuencias no vamos a controlar pero alguien llegará, sin obsesionarnos con objetivos concretos a corto plazo, qué más da, las ondas de bien harán el bien aunque nosotros no veamos donde.

Y luego es muy importante también dar testimonio con la propia vida de que viviendo como nosotros decimos que hay que vivir se puede ser feliz, ¿por qué?, porque como hoy día hay mucha gente que no razona por todo aquellos que les expliqué, los que no razonan son personas a las que las palabras les rebotan, son esos de cuando hablas de algo muy importante, como el aborto por ejemplo, acaban diciendo y creen que así se cierra una conversación: “Bueno si tú lo ves así no abortes y déjame a mí en paz”, como si tuviera alguna importancia lo que creas tu o él, lo importante es de qué estamos hablando, de quién –en este caso– estamos hablando, de un niño, pues no se puede matárselo; lo que cada uno quiera o apetezca no importa. Si a Sócrates le acabasen una conversación importante diciendo que si lo piensa así allá tú y yo de otra manera, lo abofetean seguro, porque Sócrates diría: “Mira tío, así no se puede acabar una conversación, así empiezan las conversaciones, porque si tú lo ves así y yo veo de esta manera o tú o yo, o los dos estamos equivocados y hay que trabajar el tema para aclararnos, que es de lo que se trata”.

El que dice eso “tú lo ves así y yo lo veo así” es como que no razona, se niega a razonar. Cuánta gente se niega a razonar hasta el día de hoy, sobre lo esencial, gente que ha renunciado a razonar sobre lo importante –sobre Dios, sobre el bien, sobre el mal, sobre la felicidad– porque ha asumido estúpidamente el prejuicio acrítico de la modernidad de que razonando no nos podemos aclarar, cuando no hacen ni siquiera el esfuerzo por aclararse, eso es lo que degrada al ambiente moral de nuestra época, mucha gente que se niega incluso a intentarlo. Y hoy día muchos niños –por lo menos en mi país, España, no sé aquí en Honduras– a los que nunca nadie les ha dicho que el bien y el mal existen, por tanto no lo saben, y un niño que no sabe que el bien y el mal existen no es que sea malo, es mucho peor; está en una fase pre-humana, porque ser bueno no es no hacer cosas malas, ser bueno es discernir qué cosas son buenas y luego comprometer la propia libertad con eso que previamente se ha identificado como bueno. Si uno previamente ha identificado algo como bueno como bueno pero veré que no se puede hacer, no está intentando ni siquiera ser bueno es terrible.

Por eso toda esa gente que no razona, que es inmune al poder de la palabra, la única forma de que llegue a su interior un mensaje que le permita reconciliar su vida es que por los ojos le llegue lo que no le llega por los oídos. Porque los que se niegan a razonar por lo menos ven y cuando vemos vidas felices nos atraen. Los seres humanos somos entes que no podemos no querer ser felices, queremos necesariamente ser felices. Ya Aristóteles juntó toda su ética en esta constatación, y como queremos ser felices las vidas felices nos atraen, y por eso cuando uno ve gente feliz de un momento a otro se plantea “yo quiero ser como ese”, y por eso si nosotros somos felices viviendo como decimos que ya que vivir –en familia, en matrimonio, como madres, como padre, con fe en Dios– los demás tienen que verlo, no debemos privarles de esa posibilidad de ver cómo se puede ser feliz.

Qué triste es que tantos chicos hoy día, por ejemplo, no hayan visto un matrimonio feliz, no saben que se puede ser feliz en el matrimonio porque no lo han visto. Por eso nosotros si tenemos un hogar en cuyo interior hay gente feliz, tenemos que abrir las puertas de nuestra casa para que entre quien quiera, por ejemplo los amigos de nuestros hijos, y a lo mejor es la única ocasión que tienen de ver una familia que funciona y tienen derecho a verlo, porque si no lo saben, no podrán intentarlo ellos en la vida.

Hemos construido una sociedad donde tanto fracaso familiar hace que mucha gente no sepa que se puede llevar una vida feliz en el matrimonio y los otros jóvenes tienen derecho a saberlo para poder intentarlo con ilusión, por lo tanto abramos la puerta de nuestro corazón, de nuestro alma, si nuestro corazón y alma hay cosas presentables, si no mejor no abrirla… Pero si hay cosas presentables, y no quiere decir que seamos todos santitos, gente normal con sus defectos, eso es muy presentable, porque el cariño construye solidaridad y da razones para la esperanza.

Por tanto le ánimo, y vamos a acércanos ya al final del tiempo que se me ha otorgado, a ser como Frodo Bolsón, tenemos una misión, no hay disculpas para no asumirla. Es una misión muy importante, no aparecerá en ninguna novela publicada en las editoriales, pero aparecerá en la novela del Juicio Final, ya verán ustedes que apasionante. En esa novela todos tenemos un papel que cumplir que puede ser muy importante, ilusionémonos con él.

Los jóvenes, convénzanse de que la humanidad se recrea cada generación, gracias a Dios. La próxima generación podrá ser la generación más pro-familia y pro-vida de la historia de la humanidad si vosotros jóvenes os lo proponéis, porque todos los defectos de los que ya somos viejos pasarán con esta generación, el mundo del futuro es vuestro, será lo que vosotros queráis, tenéis una inmensa responsabilidad, no miréis lo que hemos hecho mal los anteriores, las cosas que les hemos dejado como herencia perversa, fijaos en todo lo que vosotros podéis hacer. Si os fijáis en nuestros errores que sea solo para aprender de ellos, no para imitarlos y para desesperar de ellos, no tiene ningún sentido. Ilusionaros, tenéis una vida por delante que puede ser profundamente apasionante, y tenéis además todas las armas morales e intelectuales, vuestra presencia aquí lo demuestra que es un lujo estar en un sitio de formación, que os ancla a la vieja tradición humanista cristiana como es este, para haceros responsables del mundo que viene. Prepararos para ello, sed responsables en vuestro estudio, no os desesperéis nunca de vuestros errores porque como decía antes no sois vuestros errores, aunque no os lo creéis ni vosotros, sois algo estupendo y podéis realizar eso estupendo que sois en realidad, solo hace falta que rectifiquéis, que pidáis perdón cuando metáis la pata, eso es muy sencillo.

Vistas así la cosas todo es posible, se puede confiar, no hay porqué desesperar nunca, hasta lo peor tiene sentido, del mal se puede sacar bien y no significa que desconozca todo lo malo que existe en este mundo, ni todo lo malo que hay en mi corazón, es que estoy íntimamente convencido de que podemos anegar el mal y la abundancia de bien. No debemos obsesionarnos en pelearnos con el mal, hay que rodearlo haciendo cosas buenas: Que mucha gente extiende el aborto en nuestro mundo, ayudemos a las mujeres embarazadas para que no haya aborto. Que muchos matrimonios fracasan, generemos dinámicas de formación matrimonial, cursos de orientación familiar, escuela de padres. Que muchos críos no se aclaran sobre su seguridad, preparémonos para dar una buena orientación afectiva-sexual en casa, en el colegio y en todas las esquinas de esta ciudad. Y así con todo; donde haya mal que abunde el bien, por lo menos que cada uno hagamos lo que esté en nuestras manos para anegar de bien todas las estructuras de la sociedad de Honduras, y es posible, se puede hacer, porque como les decía antes el bien es mucho más atractivo que el mal.

Ilusiónense como Frodo Bolsón, hay que ser valientes, pasarán momentos duros, hay ratos de desesperanza a veces porque parece que todo se tuerce, pero al final la historia acabará bien.

Esto es occidente, usar la razón como Sócrates y asunción de responsabilidad personal como Frodo Bolsón. Puede parecer que es jugar con personajes de la historia de la literatura, pero no, los clásicos –Que El Señor de los Anillos es un clásico aunque sea contemporáneo– nos demuestran las verdades últimas sobre el hombre y por eso merece la pena analizarlas y comentarlas porque así también aprendemos mucho sobre nosotros mismos.

Yo les propongo que asuman la responsabilidad de sus vidas, que mimen su familia, que se ocupen del bien de sus hijos. Demos mucha formación en los temas esenciales de nuestra época como son aquellos que llegan a no aclararse sobre la sexualidad, que nos ilusionemos con el matrimonio y con la familia, que cuidemos la nuestra y la de los demás, y que usemos nuestros derechos sociales como miembros de esta comunidad política para, con nuestra libertad de pensamiento, de reunión, de manifestación con derecho al voto, a ayudar también a que los poderes públicos se comprometan en la defensa de la familia y de la vida porque son cuestiones que merecen la pena.

Opinión Ética y Sociedad ( Juan Carlos Oyuela )

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