El Sable del Caudillo 2/2

8 agosto, 2016 | 10:19 AM | Imprimir

Por Roberto C. Ordóñez

El nombre completo del generalísimo era Francisco Hermenegildo Paulino Teódulo Franco Bahamonde, un largo nombre para un chaparrito nacido en Galicia el 12 de abril de 1892 y fallecido en Madrid el 20 de noviembre de 1975.

Fue jefe de estado durante 39 años, de 1936 a 1975. Un largo período que en muchos aspectos mantuvo a España aislada del mundo. Muchos españoles emigraron a otros países europeos y a América, especialmente a Cuba y México. Durante su gobierno no permitió que las lindas españolas usaran minifaldas.

Cuenta el sable que Franco dijo a su amigo Camilo Alonso Vega: “Los políticos son la gangrena de España. Habría que acabar con ellos antes que con los moros. Un día acabaremos con unos y otros”.

Era hombre de pocas palabras. Aconsejaba a sus ministros que no se metieran en política. El sable lo define como un hombre frío como un pez y valiente como un moro.

En la batalla de El Biutz, en Marruecos fue herido de bala en el vientre. Fue conducido a un hospital de campaña donde el médico militar, cuando le quitó la manta con que iba tapado exclamó: “Este ya no deseará la mujer de su prójimo. Ni a la suya, si la tiene”. Pero Franco sobrevivió y se recuperó totalmente.

En ese tiempo España tenía un ejército de 80 mil hombres al mando de 400 generales y desde soldados rasos en adelante todos querían llegar a generales, incluyendo a Franco que llegó a generalísimo.

Adolfo Hitler y Benito Mussolini coquetearon con él para que se pusiera de su lado y hasta se reunieron. Consideraba a Hitler un aficionado en artes marciales. Mantuvo la neutralidad de España durante la Segunda Guerra Mundial según él para evitar el paso de tropas y equipos bélicos por el territorio español. Era un gran lector especialmente de historia y sabía casi de memoria todo lo referente a las guerras napoleónicas.

Todo el mundo se refería a doña Carmen Polo de Franco como la doña, pero a ella no le gustaba ese tratamiento. Como no podían llamarla alteza o algo parecido, convenció a su marido para que en todas las comunicaciones oficiales se refirieran a ella como “la señora” y así se hizo por mandato oficial.

Cuando estuvo destacado en El Ferrol cabalgaba por la campiña gallega en un caballo blanco, como el montado por el sultán. De esa manera mantuvo su pequeño cuerpo libre de panza, pero al término de la Guerra Civil y ya como jefe de estado, se levantaba temprano y durante tres horas firmaba sentencias de muerte mientras comía churros españoles remojados en café con leche, aumentando el tamaño de sus posaderas. Sus enemigos lo apodaron “Paca la Culona”.

Cuenta el sable que un ayudante le iba pasando uno por uno los expedientes de los condenados, y a veces le pedía clemencia para alguno de ellos. El caudillo callaba y firmaba, mientras oía los disparos cercanos.

Se fusilaba por igual a intelectuales izquierdistas, anarquistas, republicanos y a todos los acusados por los numerosos espías. Los juicios eran sumarios.

Así murió fusilado en plena juventud. Federico García Lorca, uno de los mejores poetas españoles del siglo XX, acusado de ser comunista, masón y homosexual.

Contrató un erudito para rastrear su árbol genealógico. El sabio informó que en su sangre había gotas de sangre judía. Días después el erudito murió misteriosamente atropellado.

Ya enfermo, Franco siguió mandando hasta el último día de su vida. El palacio del El Pardo ardía en conspiraciones. Su médico de cabecera y yerno, esposo de Carmen Franco Polo, ansiaba sucederlo, pero Franco callaba por más que él insistía. Durante su larga enfermedad no soltó prenda. Cuando representantes de muchos países pidieron clemencia para terroristas de ETA y FRAP condenados a muerte, Franco no les perdonó la vida. Se negó a recibir llamadas hasta del papa.

Falleció el 20 de noviembre, después de escribir a sangre y fuego una de las páginas más gloriosas de la historia española.

“Prométame que pase lo que pase mantendrá la unidad de España”, fueron sus últimas palabras dichas al futuro rey Juan Carlos…

Opinión Roberto C. Ordoñez.

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