Entregas

22 agosto, 2016 | 8:13 AM | Imprimir

Por: Roberto C. Ordóñez.

Como en otras ocasiones, trataré de desenterrar recuerdos del cementerio de mi memoria,  vividos durante mi infancia en mi inolvidable San Marcos de Colón, cuando oía los cuentos de los mayores sentados en las gradas labradas en el tal petate de las llamadas  “esquinas calientes”, porque allí se hablaba de todo, desde los chismes del  limpio y fresco pueblecito hasta los cuentos de fantasmas y otros espantos que ponían los pelos de punta a cipotes traga palabras como yo.

Los cuentos del sisimite; la sucia; el cadejo y otros no son patrimonio del departamento de Lempira. Ya eran viejos antes de que el Presidente Hernández naciera.

Una “guáfira” repetida frecuentemente por los viejos mentirosos se refería a los hombres que hacían pactos con el diablo y que a cambio de riquezas y otros obsequios  le entregaban almas.

Extrañamente nunca oí de mujeres que tuvieran pactos con Lucifer. Solo de hechiceras y brujas que además de vender amuletos para atraer  suerte o  amores se convertían en toda clase de animales, especialmente lechuzas y murciélagos. Decían que las lechuzas se llevaban a los cipotes sin bautizar.

Para invocar a Satanás era necesario enterrar la cabeza de un gato negro, junto a la cresta de un gallo giro de pelea, los huesos de un murciélago  junto a las plumas de la cola de un arisco pájaro macuá, que solo existía en las montañas de La Segovia en la vecina Nicaragua.

La tarea más difícil era  arrancar las plumas de la cola del pájaro, pues debía hacerse con el  huidizo pajarraco vivo y a media noche.

Todo debía hacerse a las doce de una noche oscura de un día viernes.

Después de siete días y a las meras doce de la noche, el buscador del diablo debía presentarse al lugar del entierro vestido de negro, sin ningún escapulario colgado del pecho y con una candela de cera negra encendida,  no por la punta de la mecha sino por el otro extremo. Debía llegar caminando hacia atrás y  con un salveque de cuero negro con tierra de muerto, extraída de la sepultura de un difunto recién enterrado.

Si todo se hacía bien, a las doce en punto aparecía el diablo, a veces impecablemente vestido de caballero  y con una sonrisa dorada de oreja a oreja y otras veces, tal como lo pinta la imaginación popular,  desnudo, con cuernos, cola bífida que batía constantemente y echando fuego y humo por  fauces y  ojos.

Se discutían las condiciones del trato entre Satán  y  el otro marchante, consistente en que don Sata entregaría riquezas y poder al solicitante a cambio de que este le entregara almas de hombres y mujeres jóvenes, incluyendo la propia al momento de la muerte.

En mi imaginación infantil relacionaba a todos los riquitos del pueblo con los empautados y les tenía miedo. Cuando los miraba con pistola al cinto; sonando  monedas en sus bolsillos,  fumando puro y echando humo por la nariz y por la boca, se me ponía la carne de gallina y me persignaba como me había enseñado mi MAMÁ y el padre Miguel.

Ya en la adolescencia, cuando leí por primera vez “La Divina Comedia”, escrita por el maestro Dante Alighieri, ya no creía tanto en los empautados de mi pueblito, pero de todas maneras temblaba. Cuando  apagaban la planta, seguía leyendo a la luz de una candela.  Los pasajes del libro en los que Dante, guiado por Virgilio, el gran poeta romano, recorría los círculos del infierno, el purgatorio y el paraíso, me engrifaban los pelos.

Cuando Dante cruzaba la Laguna Estigia en el barco conducido por Caronte, el barquero infernal y leía la agonía eterna  de las almas en pena que caían en las fauces del Can Cervero, el perro del infierno, me acordaba de Toliné, un perro bravísimo con los extraños pero cariñoso con los cipotes, propiedad de un pariente rico, me costaba conciliar el sueño y leía hasta que el pabilo de la candela se acababa.

No sé por qué, pero por una extraña asociación de ideas, cuando oigo y veo a algunos políticos de aquí y de allá, se me parecen al Satanás del cuento, con cuernos y cola,  echando humo por la boca y las narices.

Opinión Roberto C. Ordoñez.

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