Hartazgo

23 enero, 2017 | 1:18 PM | Imprimir

Olban Valladares

Empresio y analista

El recuerdo de una frase vertida hace unos veinte años por un honorable campesino de las tierras del indómito Lempira me hizo reflexionar, una vez más, que en nuestra Honduras nada ha cambiado y esto, porque las actitudes no se transforman, porque las amebas políticas incrustadas en las entrañas de la patria no permiten que esta sane, que crezca vigorosa, feliz, con fuerte esperanza de que el futuro en realidad será mejor, que nuestros hijos y sus hijos verán horizontes más amplios, más descontaminados del sectarismo, de la politiquería y, sobre todo, del abuso enfermizo de sus gobernantes y de la mayor parte de su parentela.

Justo cuando el secretario Almagro estaba celebrando con nuestro Presidente un hecho inédito, como lo es la iniciación de un cuerpo élite de fiscales contra la corrupción, en los periódicos del mundo recorría la noticia de que en el vecino Guatemala, el hermano y el hijo del presidente Morales eran sometidos, por presión de la Cicig, a las ergástulas policiales por corrupción pero, en nuestra irredenta Honduras, también circulaba, a página completa, una denuncia de una empresa hondureña de Roatán en el sentido de que un caso judicial ventilado por un pariente cercano al Presidente y de cuya lectura se percibe que podría haber una potencial picardía, la jueza, en un procedimiento inusual, en nuestro sistema tortuguista, había emitido resoluciones a la velocidad del rayo.

Qué imagen puede entonces perfilar el presidente Hernández frente a la comunidad internacional y frente al pueblo hondureño a quien pretende convencer sobre las bondades del continuismo. Hasta cuándo comprenderá el joven mandatario que los ratones siguen haciendo fiesta a su alrededor y que micos y pericos no han saciado su sed de riqueza mal habida y que mientras todo esto ocurre, allá en las sierras olvidadas del indómito, entre la belleza incomparable de sus bosques de liquidámbar y los lodazales de sus remedos de carretera, caminos de herradura, abandono absoluto de sus escuelas y centros de salud, el eco interminable de aquel humilde pero gallardo y genuino descendiente de la etnia indígena sigue preguntando, 20 años después, entre la curiosidad y la indignación, “Don Olban, ¿entonces por qué los que se han hartado este país siguen con hambre?” Solo Dios lo sabe, pero eso sí, el continuismo del subdesarrollo humano, de la corrupción y el abandono no puede prolongarse.

Olban Valladares Opinión

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