Odebrecht: corrupción a la carta (II)

17 febrero, 2017 | 10:36 AM | Imprimir

Por: MIGUEL A. CÁLIX MARTÍNEZ

Como si se tratara de un guión concertado, cada vez que se han hecho públicos detalles sobre el rastro dejado por el emporio Odebrecht en sus prácticas mercantiles irregulares, la reacción de los supuestos favorecidos y participantes en cada uno de los países involucrados es muy parecida. Pasa de la sorpresa y negación vehemente iniciales a la aceptación minimizada de su existencia, luego a la afirmación de su excepcionalidad, recurriéndose a la consabida fórmula de calificar la denuncia de corruptela como una acusación mal intencionada, bien para provocar daño personal o lograr ventaja política. Cualquiera sea el nivel y credibilidad del vocero o protagonista que sale al paso en cada uno de los países, hay una realidad común e inobjetable: el modus operandi era el mismo, con variantes apropiadas al contexto en que se utilizaba, el tamaño del negocio y la categoría de los participantes.

En Brasil, origen de la otrora gigante empresa, el escándalo hace “contener la respiración” a la ya vapuleada clase política nacional – ­como ingeniosamente retrata El País Internacional­ – que todavía no experimenta las consecuencias últimas de la llamada “Confesión del fin del mundo”, nombre con que la prensa de aquel país denominó a la decisión de más de setenta ejecutivos de la transnacional de la construcción de colaborar con la justicia delatando a sus socios locales y ultramarinos para beneficiarse de un trato privilegiado en los procesos judiciales que pronto enfrentarán. Y ya se sabe que no eran socios cualesquiera: eran las más altas esferas de decisión política en cada uno de los países en que la empresa incursionaba para hacer negocios.

El expresidente peruano Alejandro Toledo es, en estos momentos, la presa mayor de la trama de corrupción más grave que haya experimentado el continente. Señalado de haber recibido una enorme cantidad de dinero (10 millones de dólares), aunque ha negado la acusación, la omnipresencia de larga data de la empresa en las principales obras de infraestructura de su país ­no solo durante su gestión sino en la de mandatarios que le antecedieron y sucedieron­ proyecta sombras de duda sobre la probidad de cada una de las inversiones que se han llevado a cabo con el común denominador brasilero.

De lo poco que hasta ahora se sabe (se ha dicho que solo se conoce la punta del iceberg), resulta evidente que la intermediación se hacía siempre con privilegiados actores políticos locales, con fácil acceso a la élite gubernamental responsable de las etapas clave de estudios, formulación y aprobación de obras de infraestructura. Así Odebrecht resultaba ganadora de procesos de licitación que lucían competitivos, pero no lo eran realmente. En las primeras pesquisas que ya empiezan a dar resultados en algunos países de la región, varios políticos están siendo procesados por su participación indispensable en la “eficiente” gestión de esas inversiones.

Al parecer, la subvención de campañas electorales era otro de los medios empleados y, como comentaremos en la próxima entrega, era siempre una estratégica apuesta a ganar…o ganar

Miguel A. Cálix Martínez Opinión

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