Odebrecht: corrupción a la carta (III)

24 febrero, 2017 | 2:21 PM | Imprimir

MIGUEL A. CÁLIX MARTÍNEZ

A medida pase el tiempo, más se irá sabiendo de los detalles de las operaciones de Odebrecht en Brasil y los distintos países en que desarrollaron sus proyectos.

Nombres famosos y otros menos tanto pasarán a legajos judiciales y a medios de comunicación, dejando registro de cómo se pueden hacer negocios sucios, superando los prolijos controles y límites legales establecidos.

Si bien todavía no se han probado los hechos, se ha denunciado que, en varios de los países mencionados en la trama de corrupción, una de las formas de influir para la toma de decisiones favorables a sus intereses mercantiles era la aportación en metálico de recursos financieros para campañas electorales.

Aprovechando la participación de actores locales, ejecutivos de la multinacional se las ingeniaban para proveer de dinero a campañas presidenciales y de otros niveles electivos que les permitieran gozar de ventaja en las negociaciones de proyectos.

Uno de los rasgos interesantes de este modo de operar es que ha funcionado como un juego “ganar­ganar”, en la que todos los participantes se beneficiaban, pues la técnica “odebrechtiana” le daba jugosas aportaciones privadas a todos los que tenían oportunidades de ganar la elección, obviamente nunca de forma directa sino a través de generosos testaferros.

Esta misma lógica se aplicaba al parecer con las distintas etapas del proceso de estudio, calificación, aprobación y ejecución de megaobras, donde todos los útiles funcionarios que participaban como eslabones de la cadena recibían “para los refrescos”.

El caso Odebrecht no es, de ninguna manera, original y novedoso, en cuanto a modus operandi se refiere. En muchos países ­incluido el nuestro­, poderosos de la fauna empresarial y política han llenado sus bolsas y potenciado sus campañas políticas con dineros provenientes de prácticas similares, no solo originadas en libros de contabilidad genuinos o alternos de corporaciones, sino en el de organizaciones transnacionales y nacionales que participan de actividades ilícitas.

Por lo que sí destaca el caso Odebrecht es por su dimensión global, que ha dejado un rastro de podredumbre y sospecha ahí donde aterrizaron sus gerentes e intermediarios. Viendo lo que hoy vive un importante sector de la clase política brasileña y sus atemorizados pares en una veintena de países del planeta, lo realmente relevante son las lecciones que pueden extraerse del emblemático escándalo.

Ahí donde haya un proyecto u oferta de bienes y servicios a satisfacer en un Estado, hay una oportunidad de corrupción que debe vigilarse y blindarse, especialmente en las etapas en que más se supone hay vigilancia y control.

También aprendimos que la corrupción no tiene ideología, nacionalidad ni edad, pero siempre apunta a los tomadores de decisión (incluso ese que estampa el sello y firma necesarios para que un expediente pase una ventanilla crucial). Y, la que quizás sea mi lección favorita, la política necesita ser depurada (y castigada) periódicamente, parcial o totalmente, no para desaparecerla, sino para hacerla más útil y más confiable.

Miguel A. Cálix Martínez Opinión

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