Insania

17 marzo, 2017 | 10:22 AM | Imprimir

Por: Julio Raudales

Parece que no hemos aprendido. Hace apenas 8 años, la mayoría de hondureños y hondureñas temblaban ante la cada vez más cierta posibilidad de rompimiento de la frágil secuencia que durante 29 años había prevalecido al menos en los procesos electorales.

Creo que el ejercicio electoral del domingo anterior nos ha dejado clara la tibieza de nuestra democracia. Es necesaria una reflexión profunda y honesta de nuestro modelo tanto en su forma como en el fondo. Hay que hacer correctivos, es un imperativo.

Sabíamos, como hoy sabemos, que nuestra democracia es aún quimérica, que las únicas instituciones consolidadas son la corruptela y el saqueo, que la pobreza se expande y el bienestar sigue siendo privilegio de un pequeño grupo. ¡En fin!, hace apenas ocho años clamábamos por una oportunidad para enderezar de una vez el torcido camino que nos lleva por la senda de naciones como Haití y Somalia.

En aquellos días aciagos y recientes, escuché y vi muchas veces a nuestros políticos y dirigentes clamar por el retorno a la legalidad y a la cordura, hacer votos por el cambio y llamarnos a todos y todas a defender la democracia y la legalidad. ¿Qué están haciendo ahora para mostrar su consistencia y racionalidad? Parece que nada.

Con tristeza observamos cómo, en lugar de instarnos a la unidad y a la cordura, los políticos nos arrastran al clima de confrontación de antaño. Pareciera que la consigna es la descalificación del oponente, las triquiñuelas y zancadillas en desmedro de su imagen, el deseo de su destrucción, en la pueril creencia de que ello exaltará la imagen de quien insulta. ¿Dónde está la propuesta inteligente, el debate de las ideas? ¿Podemos esperar un cambio efectivo ante tanta tozudez?

Por salud mental, he optado por no leer más las columnas de chismes que aparecen en algunos diarios; tampoco escucho o veo ya, ciertos programas cuyo contenido procaz está dedicado a la ofensa de la dignidad de algunas personas. Debo confesar, no voy a negarlo, que algunos de estos espacios me parecen graciosos y a veces hasta ilustrativos en su contenido, pero es justo decir, que hay límites que el ejercicio ético de la profesión y el sentido común no deben traspasar jamás, sobre todo en un contexto tan delicado como el que vivimos en la actualidad.

El ataque personal, la burla, los chistes a costa de la condición social, étnica, física o de género, deberían ser las cotas al uso de los medios de comunicación, sobre todo si estamos conscientes del estado de crispación social que se ha vivido durante el último año. ¿Por qué no canalizar mejor esa creatividad para inducir el comportamiento adecuado y constructivo?

Las sociedades modernas, los países que derribaron los muros del subdesarrollo, son más bien producto de grandes acuerdos y de la voluntad férrea de todos y todas por cumplirlos. España era a finales de los 70 una nación africanizada y envuelta en las disputas y problemas típicos de los países pobres; sin embargo, con voluntad y conciencia, los ibéricos lograron ponerse de acuerdo y firmar los llamados “Acuerdos de la Moncloa”, con lo cual la naciente democracia se consolidó política y socialmente en pocos años, hasta ser hoy uno de los referentes del mundo, tanto por su crecimiento económico, como por sus notorios avances en gobernabilidad y bienestar social, más allá de sus problemas.

Lo mismo podemos decir de naciones como Irlanda, Portugal, Chile, Costa Rica y Corea, que han puesto la inteligencia y voluntad por encima de los insultos para saldar su deuda social e incrustarse con solvencia en el andamiaje del desarrollo universal.

Debemos entender que con el insulto, la descalificación, la diatriba y las acusaciones infructuosas no llegaremos a ningún lugar y solo repetiremos, cada vez con más peligrosidad, el modelo que nos trajo hasta la situación que vivimos hace poco y creo que nadie en su sano juicio desearía.

Mejor imitemos el buen ejemplo de los españoles y los ticos: definamos ya un gran acuerdo nacional, en que todos y todas, desprovistos de la malsana intención descalificadora, ponga a Honduras y su futuro por delante. Pero hagámoslo ya, no esperemos más al tiempo que no espera…

Julio Raudales Opinión

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