Deshoras

15 abril, 2017 | 9:35 AM | Imprimir

Son días proclives a la meditación los de la Semana Santa.

Más acá del barullo y la diversión que agita nuestras costas y montañas, de las procesiones y cantos contritos con los que otros recuerdan al Cristo padeciendo su martirio, una buena parte de la gente se recoge y aprovecha la calma citadina para pensar en qué hacer con su vida y asuntos y algunos incluso, cavilan o más bien cavilamos sobre la situación que agobia nuestra era como sociedad.

Y es que los problemas están aquí, esperando a los vacacionistas. ¡Qué pena que el desempleo, la inseguridad, la ingobernabilidad y el persistente clima de negocios negativo no se quedan de vacaciones para siempre y nos dejan ser una sociedad más inclinada a la justicia!

Y es que esa última palabra es quizás nuestra carencia superior. Justicia es la virtud fundamental en las naciones desarrolladas. Por ahí se empieza y acaba. Y aunque es un elemento que parece innato y natural en el pacto social de países como Suiza, Dinamarca o Noruega, también es algo trabajado y construido paso a paso cuando los individuos deciden alcanzar un mejor estadio de vida para sus generaciones futuras. No necesariamente en consenso total, pero sí en comunidad.

Es hacia allí donde se han movido países que hasta hace poco exhibían una miseria similar a la nuestra, aunque por razones muchas veces distintas. Naciones como Corea, Irlanda, Uruguay, Chile y Costa Rica. Sociedades que un día entendieron el valor de las instituciones, la importancia de respetar los acuerdos, más allá de las ambiciones de un caudillo o de una élite y su persistencia fructifica día a día en una transición casi infinita pero prometedora.

Por eso la justicia constituye un poder soberano en el arreglo republicano que hace dos siglos propuso Montesquieu. Es fundamentalmente a ella a quien Toqueville hace apología en “La democracia en América”, donde se caracterizan por primera vez los elementos que dan origen al desarrollo. Es a ella a quien debemos acudir nosotros los latinoamericanos, triste sombra de lo que debieron ser países con mejores oportunidades para sus súbditos, si es que el bienestar fuera correlativo a la riqueza natural y humana.

Porque para el caso, Honduras merece mejor suerte si nos atenemos a la magnitud y belleza de sus recursos. Lo dicen propios y extraños. ¿Por qué entonces debemos movernos sistemáticamente en los primeros lugares de las listas más ominosas? La razón es muy simple: Año a año, período a período, hito a hito sucumbimos al designio de una clase política guiada por una clase económica que por mantener sus canonjías hunde poco a poco al país entero en un futuro cada vez más devastado y sin mañana.

Y no se trata solamente de tener mejores jueces, bonitas instalaciones y buen equipo para el desempeño judicial. No solamente requerimos del apoyo de la MACCIH, el Alto Comisionado u otra instancia internacional para aprender mejor el camino. Todo ello es bueno y se agradece. Pero el asunto de la justicia es algo mucho más profundo y cuántico: Se trata de convencer a esa élite aberrada que nos gobierna ya desde hace bastante, de la importancia de tomarse en serio los acuerdos, de hacer inclusivas las reglas, de cumplirlas ¡no importa que no nos convengan, no importa incluso si están malas! Hay que cumplirlas. ¡Después las cambiamos si no sirven!

Los planes de desarrollo son importantes, también las acciones y leyes que busquen la prosperidad. No se debe renunciar nunca a construir acuerdos nacionales y externos que nos permitan posicionarnos como país. Debemos seguir siendo entusiastas y aprender rápidamente el valor del trabajo tesonero y la iniciativa innovadora. Pero de muy poco nos servirá todo esto si no buscamos la justicia como valor fundamental y caminamos en pos de ella para lograr nuestros objetivos.

El Plan de Nación, La Visión de País, El Plan 20-20 y tantos otros ya elaborados podrán ser muy buenos o malos. Pero no sabremos nunca de su eficacia si no empezamos por hacer de la justicia -e insisto en que esto significa cumplir y hacer cumplir los acuerdos- el principal objetivo de la política en el país.

Aún no es tarde, todavía se puede, pero las horas avanzan.

Por: Julio Raudales: Sociólogo, vicerrector de la UNAH, exministro de Planificación y Cooperación Externa, Presidente del Colegio Hondureño de Económistas.
CNAA

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