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Alma inquebrantable

Jonathan Roussel

Alma inquebrantable

A mi maestro y amigo Jonathan Roussel Toledo (1937-2018). In memoriam.

“Nunca dejes que tu alma se quiebre”. Con ese poderoso mensaje emergió de una pausa –como esas que anunciaba en el transcurso de sus programas- Jonathan Roussel, ese hombre que la mayoría conoce por sus programas de televisión y radio, pero que la vida me ha dado la oportunidad invaluable de tratar de cerca y querer, como solo se hace con pocos.

Muchos de los episodios vitales de don Jonathan salieron a la luz pública, más allá del círculo íntimo, gracias a las oportunas iniciativas del Colegio de Periodistas de Honduras y del secretario de Educación, que reconocieron sus méritos de comunicador y ciudadano en 2013. Los diarios se ocuparon durante meses de ponderar la extensa carrera del veterano colega, que no tuvo reparos en aceptar que recibía los premios gozoso, ya casi resignado a no verlos en sus manos. La opinión acerada que hizo su sello personal en todos los espacios que la prensa puede ofrecer a uno de los suyos, era finalmente elogiada por doquier. Generoso conversador y poseedor de una curiosidad innata, reconoció ese año de premiaciones que solamente ese “oficio de contar” pudo superar su pasión por la aviación, esa que le brindaba la perspectiva única de ver la insignificancia humana desde las alturas.

Ya no recuerdo cuándo fue la primera vez que me senté a la mesa con él para escucharle animar una tertulia. Tampoco puedo contar cuántas veces lo he hecho. Por ahí he visto desfilar amigos constantes y otros no tanto, personajes de la vida nacional, hombres y mujeres del pueblo, aprendices de su oficio, gente más y menos querida, correligionarios y camaradas. Escuchar es una obligación: ahí acuden protagonistas de la historia del país, algunos muy dispuestos a contar testimonios y otros decididos a sepultarlos en la eternidad. En cada caso aprendí algo, especialmente cuando un necio saca de quicio al maestro: en esas oportunidades he visto el famoso refrán materializarse en un proverbial silencio que pesa por su condescendencia. En otra ocasión, tras una discusión inútil, cedí dócil a sus argumentos solamente para verme sorprendido unas horas después, recibiendo una llamada telefónica en la que me daba la razón y aceptaba estar equivocado.

Hace algunos días, en su columna periodística –a la que retornó por fuerza de las circunstancias- hizo un recuento de su fructífera vida en la que no faltó el agradecimiento a todas las personas que le rodean y le aman, a aquellos que le sirven y cuidan, pero especialmente a Dios de quien siempre ha recibido protección y fuerzas para bregar con tenacidad. Sus líneas no me sorprendieron: cuando le pregunté, años atrás, cómo cambia la perspectiva de la vida cuando uno pierde todo (él perdió su casa, libros, reconocimientos, fotos y recuerdos con el huracán Mitch), me regaló una respuesta que hoy atesoro: “Cambia totalmente Miguel. Uno se da cuenta que lo único importante es la vida de uno y la de la gente que uno quiere”.

Así responden los hombres de almas inquebrantables. Y también lo escriben (“Y aquí estoy. Dispuesto a seguir. Y seguiré. Dios mediante”), para que quede constancia. (Publicado 01/05/2015)

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