MIGUEL A. CÁLIX MARTÍNEZ

El cero es un número que expresa la falta absoluta de cantidad o un valor nulo. Todos estamos familiarizados con este guarismo y sus distintos usos (RAE): como puntuación mínima en cualquier ejercicio o competición, como origen de una escala en un aparato de medida, como punto de partida en una serie numerada.

También sabemos que, funcionando como adjetivo, denota ausencia de elementos (etimológicamente proviene del árabe sifr, que significa vacío), pero colocado a la derecha de un número entero, tiene un efecto diferente pues multiplica el valor de este por diez.

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Además de las acepciones mencionadas, existen usos coloquiales para el cero: nadie quiere ser un “cero a la izquierda”, ni representar “cero” en la vida de alguien.

Si existe un horror vacui, existe también uno a la nulidad (en alemán “null” significa cero), así que salvo que se trate de un ermitaño o anacoreta, la mayoría de la gente huye a la posibilidad del identificarse con la ausencia de valor (con excepción de una justa deportiva, en la que a veces el cero significa ­ paradójicamente­ ganar puntos).

Cero ganancias es lo que menos quiere un empresario, como cero resultados es lo último que quiere quien ha planificado algo. La desazón de un estudiante que pierde todo el puntaje de una tarea, la imposibilidad de restar libras de peso en la balanza, sumar ningún seguidor a una causa, son buenos ejemplos. La ausencia total de agua para un pez, de oxígeno para buena parte de los seres vivos, de nutrientes para una planta, representan condiciones hostiles para la supervivencia.

Cero elementos vitales representa languidecer y morir. Así pasa con muchas actividades humanas: requieren de esos elementos vitales, en los que es menester evitar el “valor cero”.

La confianza, por ejemplo, es indispensable para hacer negocios, de cualquier tipo que sean. Aunque pueden existir distintos niveles de confianza, nadie haría un trato con otra persona si la desconfianza es total y, por ende, la confianza inexistente.

Se pueden aceptar riesgos ­pasa todo el tiempo­ cuando la desconfianza es parcial, pero hacerlo cuando es absoluta raya con la insensatez. Es un hecho incontestable que, para acometer los grandes retos de gobernabilidad de un país, las autoridades requieren gozar de confianza de la ciudadanía.

Estudios de opinión nos vienen revelando desde hace varios años que las instituciones del Estado cuentan con variados grados de confianza entre la población del país: en la mayoría de ella esta desconfía ­en proporciones mayores al 70%­ de actores tan importantes como la Policía, el Poder Judicial, el Poder Legislativo, los partidos políticos y la autoridad electoral, por citar algunos.

Preocupa por ello que nuestros liderazgos políticos y sociales, lejos de dialogar para acordar cómo construir confianza en la institucionalidad, se dedican a anular toda posibilidad de lograrla. Pudiendo sumar confianza mutua, se dedican a restar sin parar. Y lo hacen sin importar que ello nos lleve colectivamente a un punto de no retorno similar al teórico “cero absoluto”, en el que nada puede subsistir y valemos lo que un cero a la izquierda. Ni más, ni menos.