Por: Julio Raudales

Asistí, más por irredenta curiosidad y deseo de aprender cosas nuevas, que por oficio, a un foro en donde los panelistas discutían de manera ardorosa y voluntarista, el futuro político del país. Me encanta la política como ciencia y ahora, luego de tanto bregar en el camino profesional, entiendo su valor como elemento fundamental en el comportamiento social, de manera que hoy no me cabe duda acerca de su precedencia.

Es decir, al fin, después de más de 30 años de vida profesional, me queda claro que no solo de economía vive el hombre (y la mujer) y que la situación social y de bienestar general en un país, se arregla fundamentalmente cuando los políticos de ese país, alcanzan la madurez política.

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Con todo y lo fútil que me pareció la discusión en el debate al que asistí, uno de los participantes puso sobre la mesa una pregunta importante:

¿Qué conocimientos, formación o credenciales, títulos o grados requiere un aspirante a presidente, alcalde o diputado?
Mi opinión al respecto no es muy popular. Pienso que de aquello no se necesita nada, absolutamente nada. Lo imprescindible en quien aspira a representar a otros no son conocimientos sino virtudes, no son credenciales sino criterio, no son saberes sino sabiduría. Y ninguna de esas cuestiones, se aprenden dentro de un aula.

Virtudes (especialmente republicanas) para no olvidar que el soberano es el pueblo, pero todo el pueblo, no sólo los poderosos o los que hacen más ruido. Criterio, para ser capaz de canalizar adecuadamente las distintas cosmovisiones que existen en la sociedad y Sabiduría para comprender que sus conocimientos serán siempre sobrepasados por la contingencia, la ciencia o cualquier persona.

De la anterior pregunta, junto a la respuesta que propongo, se deriva una consecuencia que muchos han intentado soslayar.

Un presidente no es un rey, un Mesías o Ironman. Es el Jefe de Estado y de Gobierno. Y ser jefe implica la existencia de un equipo al que se lidera. Ojalá un buen equipo. Asesores, técnicos y articuladores, dispuestos a ponerse fielmente bajo las órdenes de alguien que merezca lealtad.

Tal vez eso, no la ignorancia, es el error de muchos. No contar con un soporte a la altura de las circunstancias, capaz de anticiparse a las preguntas que obviamente le formularían en un programa de televisión.

Por la misma razón resulta ingenua la propuesta de algunos partidos políticos que prometen encabezar, cual caudillos, transformaciones a punta de carisma (o nostalgia) e ideas extraídas de una enciclopedia. Un presidente sin apoyo del Congreso no puede gobernar.
Ejemplos de lo anterior hay por doquier. Así es que, si a usted le gusta la ciencia ficción, vea televisión, pero no crea todo lo que prometen los candidatos en la televisión.

Finalmente, otro eje envuelto en la polémica tiene que ver con lo que exigimos y lo que estamos dispuestos a dar. Si usted es un demócrata de verdad, aspirará a que sea el mérito y no el árbol genealógico lo que pavimente el camino de los ciudadanos hacia los cargos de autoridad.

Pues bien, en una sociedad en dónde la educación se estima como un bien de consumo y no como un derecho los predilectos del azar, que por coyunturas y no sólo por capacidades, han logrado acceder a credenciales, títulos y grados, desplazando en el camino a personas igualmente talentosas, pero sin la misma suerte, y que – tal vez – en el mismo punto de partida y en idénticas condiciones, habrían desbordado las hojas de su curriculum vitae.