Arturo Alvarado

El próximo 26 de noviembre en nuestro país se celebrarán elecciones generales
para elegir sus autoridades, incluyendo el Presidente de la República, los
diputados que integrarán el nuevo Congreso Nacional y los alcaldes municipales.
Generalmente cuando pensamos en la palabra democracia inmediatamente se
viene a nuestra mente la palabra elecciones, dada la interrelación que existe
entre ambos términos, a pesar de que el ejercicio de la democracia no se
circunscribe únicamente a la práctica de elecciones. Sin embargo, el principal
indicador de una sociedad democrática lo constituye la realización de elecciones
libres.

La definición clásica de democracia es una forma de gobierno donde el poder es
ejercido por el pueblo, mediante mecanismos legítimos de participación en la
toma de decisiones políticas, ya sea en forma directa o indirecta. Por su parte, las
elecciones representan el mecanismo típico de participación de la ciudadanía
como parte del proceso para elegir a las personas que ejercerán el poder, en
representación del pueblo. Idealmente el sufragio, o sea, el momento en que los
ciudadanos ejercen su derecho al voto, debe ser libre, directo y secreto.

A través del proceso eleccionario los ciudadanos escogen, mediante su voto, la
persona que ejercerá el poder ejecutivo, es decir, al Presidente de la República,
pero también a los que integrarán otro poder importante del Estado, el Poder
Legislativo. En esta forma se configura, en teoría, una distribución del poder que
da lugar a que exista un balance que evite la concentración de poder y logre que
impere el principio de pesos y contrapesos. La concentración de poder es
peligrosa y dañina si se desea un país democrático, respetuoso de la ley y de los
derechos de sus ciudadanos.

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Sin embargo, en la vida real siempre existen imperfecciones que distorsionan los
procesos democráticos. Como lo hemos visto en varios países, no siempre los
procesos eleccionarios son justos y transparentes y se prestan a manipulación de
aquellos que de alguna u otra forma han llegado a concentrar el poder en su
persona. Precisamente de esto ha surgido el término de “dictaduras
democráticas”, o sea, personas que ostentan el poder mediante el control
absoluto de las instituciones y elecciones fraudulentas.

Y es que el poder es adictivo y cuesta que una persona que lo ha disfrutado acepte
de buena gana desprenderse del mismo, ya sea porque le gusta y disfruta el poder o convencido por el séquito que lo rodea. Hemos visto casos de presidentes que
han hecho excelentes gobiernos por el o los períodos que legalmente les
correspondía, pero que mediante artimañas han logrado prolongar sus períodos,
hasta que de una u otra forma se ven obligados a abandonar el cargo, muchas
veces con su reputación dañada y algunos hasta condenados a prisión por sus
actos reñidos con la ley.

En estas elecciones de Honduras se da el hecho inédito de que un ciudadano que
ostenta la presidencia de la República también participa como candidato por otro
período adicional. Esta circunstancia, como todo en la vida, tiene factores
positivos y negativos.
Por el lado positivo, el candidato puede gozar de la simpatía de los electores si
durante el período que ha ejercido el cargo ha hecho una excelente labor, que es
reconocida por una amplia mayoría. Pero también puede suceder lo contrario:
que la mayoría de los electores opinen que no se ha hecho un buen gobierno.
Desde el punto de vista de otros candidatos es complicado competir con un
candidato que tiene a su disposición toda la maquinaria del sector público y que
cuenta con suficientes recursos para mantener una campaña política casi
constante.

Esperemos, para beneficio de Honduras, que las elecciones se celebren sin
mayores problemas ni confrontaciones y que se caractericen por ser limpias y
transparentes y que resulten electos los que en forma auténtica sean beneficiados
por el voto de la ciudadanía. Igualmente esperamos que los ciudadanos tengamos
la sabiduría de votar por aquellos que consideremos son los mejores candidatos
para desempeñar los cargos, sin consideraciones de colores políticos.
Necesitamos hondureños que deseen lo mejor para nuestro país, que tengan
conciencia social, que sean honestos y que actúen con responsabilidad y plena
transparencia. No importa que tengamos que buscarlos con lupa.

Por Arturo Alvarado Sánchez