Fraude

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Por: Luz Ernestina Mejía

En nuestro país, los aspirantes a la Presidencia de la República no amagan para firmar cuanto compromiso se les ponga enfrente. Que después lo honren es otro asunto. Aún causa risa la salida con la que un entonces recién electo presidente se desdecía de promesas suscritas con su puño y letra: “Es que no creía que iba a ser presidente”.

La palabra de honor, el pacto entre caballeros, el apretón de manos para sellar un acuerdo, continúan vigentes en otros espacios, poco en la política. La política tendría que ser cuestión de honor, en todo aspecto. Las obligaciones que se contrajeron en época preelectoral, con la ciudadanía y con los pares, habrían de ser honradas como evidencia de que la responsabilidad entraña una nueva forma de hacer política. Una por verse. Inexistente aún. Ni siquiera entre los que por marketing y no por convicción, menos por coherencia, la mencionan tanto. Nuevos pueden ser ellos en política, pero no lo es su forma de hacer política. Destacan en las mismas mañas que condenan en otros. Nada dicen de los resultados inflados a su favor. Pudieron no ser determinantes para el triunfo de sus candidaturas, pero la sombra de su fraude es similar a la de aquel que acusan. Cerraron los ojos y continúan desgalillados señalando ese otro fraude, igualito al de ellos. Es que el fraude electoral en Honduras se hizo cultural. Una habilidad para reconocer y premiar. Y ha sido la vía andada hasta empujarnos a la actual situación. De las elecciones irrespetadas salieron muchos males. El que ahora se vayan a contraer compromisos poselectorales, en el escenario del órgano representativo con plenas facultades para concretarlos, significa esperanza. El marco del formalismo y la determinación de actores políticos investidos de autoridad pueden hacer la diferencia. De ahí que toda la atención debe enfocarse en una nueva legislación electoral que nos asegure ese respeto negado antes a la voluntad popular manifestada en las urnas. Fraude electoral, nunca más.

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