¿Economía por decreto?
¿Economía por decreto?

La tragedia de los bienes comunes:

¿Han notado que cuando vamos al restaurante en grupo y decidimos dividir la cuenta entre todos, la factura sale mucho más alta que cuando cada uno paga lo suyo?

Si pagamos individualmente, todos evaluamos el beneficio y el costo de pedir langosta. Si el costo es demasiado alto, nos inclinamos por el pollo, que es más barato. Por el contrario, si el costo de la langosta se divide entre 10, ya no sale tan cara y decidimos pedirla.

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El problema es que todos en la mesa piensan lo mismo, por lo que todos acaban comprando los manjares y el mejor vino, etc. y la factura común acaba siendo descomunal.

Este es un problema que se conoce como “la tragedia de los bienes comunes”. Los bienes comunes son aquellos que mucha gente puede utilizar a la vez: un parque, el mar, el bosque, los parqueos en la calle de la ciudad. Todos ellos comparten un fenómeno curioso: el beneficio es para el usuario, pero el costo se comparte entre todos.

Por ejemplo, si las tierras de pasto son comunes (como lo son en muchas de nuestras zonas rurales), la hierba que se come mi vaca me beneficia a mí, porque me dará leche y terneros y yo no pagaré nada. La destrucción que ocasiona mi vaca cuando come, es compartida por todos los demás ganaderos, ya que sus vacas tienen menos pasto que comer.

La tragedia de este tipo de situaciones es que, al ser los beneficios individuales y los costos compartidos, los usuarios tienden a poner demasiadas vacas y por tanto a sobreexplotar los recursos. Al final, como nadie se preocupa por sembrar pasto para otros, este desaparece. Del mismo modo, los pescadores explotan indiscriminadamente los bancos de peces, los madereros cortan el bosque y cuando la factura es común, todos terminamos pagando más caro.

Para evitar la tragedia se han propuesto dos soluciones. La primera es la intervención del Estado. El gobierno se apropia del bien común (el bosque) y decide la cuota de árboles que cada maderero tala y castiga con multas a los que se pasan. En el caso del restaurante, la solución consistiría en una ley que prohíba a los grupos de más de 4 personas pagar factura común.

La otra solución es la privatización: si la tierra de todos se divide en parcelas y mis vacas solo pueden pastar en mi granja, yo me aseguraré de mantener un número de vacas que permita un pasto sostenible, ya que si desaparece, se acaba el negocio. En el caso del restaurante es que cada uno pague lo suyo.

¿Por qué escribo sobre esto? Primero porque octubre siempre me recuerda los premios en memoria de Alfred Nobel, que el banco de Suecia entrega a destacados científicos. Para el año 2009, el comité lo otorgó a la primera mujer en la historia de este premio: Elinor Ostrom, una politóloga que propuso una tercera vía para evitar la tragedia de los bienes comunes: La cooperación.

¿La cooperación? ¡Claro! Fíjense que si la gente que va a cenar en grupo lo hace muy seguido, por ejemplo, una vez a la semana, como son amigos y tienen sentido de la vergüenza, seguramente desarrollarán mecanismos para evitar que nadie se pase. Ellos mismos pondrán reglas tácitas que evitarán que la factura salga muy alta.

Las investigaciones de Ostrom eran sobre economía, antropología y ciencia política. Ella descubrió por ejemplo, que los satélites detectaron que los pastos de Rusia y China estaban desapareciendo, mientras que los de Mongolia no. Ostrom observó que la diferencia era que la tierra en China y Rusia era colectiva, mientras que los mongoleses seguían explotando sus tierras conforme a sus normas milenarias.

Ostrom no estaba entre los favoritos a recibir el Nobel ese año. Su contribución no es de las más conocidas y citadas del mundo. Su metodología no es la más aceptada. Pero a veces, al Comité Nobel le gusta premiar la heterodoxia y eso es bueno. Ya se sabe que la ciencia no es democrática: En ciencia, que la mayoría piense una cosa no quiere decir que sea verdad. Personas como Copérnico o Darwin estaban solos contra todos y acabaron teniendo razón.

Por otro lado, creo que es muy importante que en Honduras vayamos pensando en cómo solucionar el problema de los bienes comunes, ya que ni el huracán Mitch o las tragedias naturales más recientes nos han hecho buscar solución a un problema que tarde o temprano nos pasará factura.

Por Julio Raudales

Sociólogo, vicerrector de la UNAH, exministro
de Planificación y Cooperación Externa, presidente
del Colegio Hondureño de Economistas.