¿Y Tránsito?

La capital es un caos. Los proyectos de construcción que ejecuta la Municipalidad provocan colosales congestionamientos de automotores. Para ordenar el tráfico de vehículos no se encuentra un solo agente de Tránsito; en su lugar, actúan unos empleados de la Alcaldía, con uniforme amarillo. Comenzaron vacilando y ahora son expertos dirigiendo el tráfico vehicular.

También se encuentran en los pasos peatonales, vigilando la seguridad de los transeúntes. Se esmeran en su trabajo y son respetados por los conductores, hasta ahora acostumbrados a no detenerse en esos sitios, debidamente señalados.

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Resulta conmovedor ver a esos empleados hacer lo que nunca han hecho los agentes de Tránsito, (ni harán jamás, porque a los policías todavía los forjan en la horma militar), ayudar a ancianos, escolares, discapacitados y mujeres embarazadas a pasar la calle en esas áreas, e impresiona que se impongan, sin la autoridad de la que está investida la Policía para sancionar, sobre conductores irresponsables y mal humorados, dispuestos a responder a la menor provocación con palabras soeces y hasta recurrir a las armas para amenazar.

No portan arma y, sin embargo, son respetados por los conductores, en general. No representan, por ello, un peligro para la comunidad, porque, en ningún caso, podrían ocasionar una tragedia por el uso indebido de las armas, como ocurre con la Policía, que, frecuentemente, dispara contra los que incurren en simples faltas de tránsito.

Desconocemos si los empleados municipales uniformados de amarillo serán los responsables, en adelante, de este tipo de labores, o si su asignación durará hasta que las obras terminen. Si la responsabilidad es temporal, es una lástima que no se aproveche la experiencia adquirida; si es permanente, entonces, es oportuno preguntarse si no sería mejor municipalizar la Policía de Tránsito en la capital.

Es un hecho que la Policía de Tránsito ha desaparecido de las calles, avenidas y bulevares. Aparecen cuando ocurren accidentes. Y cuando esto sucede, son incapaces de ordenar el paso de los vehículos, provocando grandes atascos.

Muchos de estos accidentes podrían evitarse, si la Policía de Tránsito patrullara esas calles, avenidas y bulevares, obligando a los buses del transporte urbano a recoger a los pasajeros en los lugares destinados para ello. Esos accidentes, en su mayoría, son provocados porque esos buses paran en cualquier sitio e intempestivamente, en avenidas y bulevares. Lo mismo ocurre con los taxis. Y en ambos coincide un comportamiento irresponsable del manejo de la unidad de transporte, poniendo en riesgo mortal a los pasajeros y a los demás conductores.

A lo anterior, debe agregarse la inseguridad que representa para todos que esas unidades circulen en evidente estado ruinoso y para los pasajeros el hecho de que el conductor no sea debidamente acreditado para ese menester. Cualquiera puede conducir un bus o un taxi. El irrespetuoso comportamiento de algunos de estos conductores con sus demás colegas y con los pasajeros, y los asaltos, violaciones y asesinatos contra los pasajeros, cometidos por algunos de ellos, son prueba irrefutable de que las autoridades de Tránsito, o bien no expiden debidamente los permisos o no supervisan cumplidamente este servicio público.

¿Y qué decir del transporte pesado? Frecuentemente, vemos circular rastras en las estrechas calles de Comayagüela y de Tegucigalpa, provocando caos vehicular con sus maniobras para aparcarse o descargar.

De lo anterior resulta evidente de que este rubro no ha avanzado. De nada ha servido la emisión de nuevas leyes de transporte y la creación de nuevos organismos. Son, en definitiva, simples decoraciones burocráticas, sin ningún efecto práctico en la misión prevista.

Mucho se avanzaría si, al menos la función de la Policía de Tránsito, que nunca ha funcionado como debe ser, pase a ser un servicio municipal, ya que los de uniforme amarillo han demostrado que “sí se puede”.

Por: Edmundo Orellana
Catedrático universitario